El problema no es quién usa la IA, sino quién la produce, quién la controla, quién la entrena, quién fija sus reglas y quién captura la renta económica que genera
Se ha escrito mucho, y con razón, sobre los riesgos inmediatos de la inteligencia artificial. Se habla del empleo que puede destruir en fábricas, oficinas, bancos, despachos jurídicos, hospitales y centros de atención telefónica. Se advierte sobre la automatización de la vida cotidiana, la sustitución de decisiones de las personas por sistemas opacos y la posibilidad extrema de que una inteligencia no humana termine actuando contra sus creadores. Todo eso importa. Pero hay un riesgo menos comentado: la IA puede convertirse en la maquinaria más poderosa de diferenciación entre países ricos y rezagados desde la Revolución Industrial.
La historia es aleccionadora. La máquina de vapor no solo transformó la producción; reordenó el mapa del poder mundial. Los países que dominaron la energía, el transporte, la manufactura y el capital financiero ampliaron su ventaja sobre los que llegaron tarde. La electricidad, el petróleo, la computación e internet repitieron el patrón: cada ola tecnológica prometió democratizar oportunidades, pero premió a quienes ya contaban con universidades, infraestructura, capital, instituciones y empresas capaces de absorberla. La IA amenaza con radicalizar esa lógica, porque no es una herramienta sectorial, sino una tecnología transversal que aprende, optimiza, predice, diseña, traduce, programa, diagnostica y decide.
El problema no es solo quién usa la IA, sino quién la produce, quién controla los datos que la alimentan, quién posee los centros de cómputo donde se entrena, quién fija sus reglas comerciales y quién captura la renta económica que genera. Un país puede adoptar aplicaciones de inteligencia artificial y quedar atrapado como consumidor dependiente. Puede comprar licencias, usar asistentes y automatizar trámites, mientras los modelos de lenguaje, los chips, las nubes y las plataformas permanecen en manos de unas cuantas potencias y corporaciones. La dependencia ya no sería solo importar maquinaria; sería importar inteligencia empaquetada.
Para México, la advertencia no es abstracta. El país tiene talento, cercanía con Estados Unidos, una base manufacturera relevante y una oportunidad asociada al nearshoring. También cuenta con una creciente conversación pública sobre IA. Pero persisten rezagos en infraestructura, capacidad institucional, adopción empresarial y formación especializada. La brecha no depende solo de tener un plan, sino de convertirlo en resultados: cómputo disponible, talento entrenado, inversión sostenida, reglas claras y capacidad de implementación.
El riesgo mayor es que México repita, en clave digital, una vieja tragedia económica: exportar esfuerzo e importar valor agregado. Durante décadas hemos discutido cómo dejar de ser una economía ensambladora.
La IA podría volver ese dilema más profundo. Si fábricas, hospitales, escuelas, bancos, juzgados y gobiernos operan con sistemas diseñados fuera del país, entrenados con datos ajenos y cobrados en dólares por proveedores globales, la autonomía nacional se estrecha. Podremos ser usuarios intensivos de IA sin ser dueños de sus condiciones. Quien no controla su infraestructura creativa difícilmente controla su destino económico.
Además, la brecha no será únicamente entre México y las grandes potencias; también se instalará dentro del país. Las grandes corporaciones accederán primero a sistemas avanzados, consultorías, talento y plataformas. Las universidades de élite formarán especialistas antes que las instituciones marginadas. Los estados con centros de datos, energía suficiente y ecosistemas tecnológicos atraerán inversión, mientras otros quedarán confinados a economías de baja productividad. Si no se corrige a tiempo, la IA puede ampliar desigualdadesregionales, educativas y empresariales.
El peligro no es solo que la IA piense por nosotros, sino que otros piensen, cobren y decidan por nosotros mediante la IA. Puede ayudar a México a mejorar servicios médicos, personalizar la educación, combatir la evasión fiscal, modernizar la justicia, hacer más eficiente el campo y elevar la productividad industrial. Sería absurdo renunciar a ese potencial. Pero aprovecharlo exige reconocer que no es una herramienta neutral que todos recibirán en igualdad de condiciones. La IA llega a un mundo desigual y, si no se interviene deliberadamente, hará más fuertes a los fuertes y más dependientes a los dependientes.
La advertencia, entonces, no es strictly técnica; es política. México debe decidir si quiere ser un simple mercado para inteligencias ajenas o un país capaz de producir, adaptar y gobernar parte de esa infraestructura. No se trata de competir con Estados Unidos o China; para la propia Europa parecería una meta inalcanzable. Se trata de formar parte del ecosistema de producción y desarrollo de la IA. Tampoco basta con repetir que traerá oportunidades, como si el mercado fuera a repartirlas espontáneamente.
La pregunta decisiva es qué capacidades nacionales construiremos. México necesita una política de Estado: infraestructura de cómputo y energía limpia; formación masiva de talento técnico y humanista; alfabetización digital desde la escuela pública; apoyo para que las pymes adopten IA; software público; protección de datos; compras gubernamentales inteligentes; alianzas entre universidades, empresas y Estado; y una regulaciónque no asfixie la innovación ni entregue la soberanía tecnológica. Implica preparar a las nuevas generaciones, subsidiar investigación en empresas y universidades, y hacerlo ya, de manera intensiva. Quizá convenga especializarnos en algún sector de robotización o chips para usos específicos, como Corea del Sur en los años noventa, cuando decidió convertirse en potencia de tecnología de televisores.
En una ruta, la IA será palanca de desarrollo; en la otra, una forma sofisticada de dependencia. La máquina de vapor separó al mundo entre potencias industriales y periferias proveedoras. Si no actuamos con urgencia, la inteligencia artificial podría levantar una frontera todavía más difícil de cruzar: la que separa a quienes diseñan el futuro de quienes solo pagan por usarlo.



