Volver a creer en el amor, renacer en secreto
Cuando pensó que su historia romántica había terminado, la vida le recordó que el amor verdadero llega cuando ya no se necesita, sino que se comparte
Hoy habla del amor sin dramatismo. No como un cuento perfecto, sino como una construcción consciente.
Durante 35 años creyó que el amor era resistencia.
Que amar era quedarse.
Que el compromiso era aguantar.
Su matrimonio no fue un escándalo ni una tragedia pública; fue, más bien, una historia silenciosa de desgaste. De palabras que dejaron de decirse, de gestos que se volvieron rutina y de una mujer que, poco a poco, comenzó a olvidarse de sí misma.
Cuando firmó el divorcio, Santa Abelina García Padilla, no sintió libertad inmediata. Sintió vértigo. Treinta y cinco años no se guardan en una caja sin que duela cerrarla.
"Pensé que mi vida amorosa había terminado", confiesa. No por falta de ganas, sino por miedo. A la edad. A empezar de nuevo. A no saber quién era fuera de ese matrimonio.
Pero el verdadero cambio no llegó con otra persona. Llegó en soledad, reitera Santa Abelina en una entrevista especial con este periódico matutino.
Aprendió a estar consigo misma. A reconocer que había postergado su amor propio durante décadas. A mirarse sin el papel de esposa, sin la etiqueta de alguien que debía sostenerlo todo. Descubrió que antes de volver a amar tenía que reconstruirse.
"Primero tenía que quererme yo", dice ahora con serenidad Santa Abelina. No fue un proceso inmediato ni sencillo. Fue un renacer discreto: terapia, conversaciones consigo misma, nuevas rutinas, amistades recuperadas, decisiones pequeñas que devolvieron el control de su vida.
Y entonces, cuando dejó de buscar, apareció el amor.
Lo conoció sin expectativas. Un hombre diez años mayor, con la madurez de quien también ha aprendido a sostenerse solo. No hubo promesas apresuradas ni idealizaciones. Hubo algo más firme: respeto.
"Él sabe querer y yo también sé querer", resume.
La conexión fue natural. Dos personas completas, no necesitadas. Dos historias con cicatrices, pero sin resentimientos. La diferencia de edad no fue obstáculo; fue experiencia compartida. No se eligieron para salvarse, sino para acompañarse.
Hoy habla del amor sin dramatismo. No como un cuento perfecto, sino como una construcción consciente.
"Cuando aprendes a amarte, ya no buscas que alguien te complete. Buscas compartir lo que ya eres".
Su historia no es excepcional por romántica. Lo es porque desmonta una idea arraigada: que después de cierta edad el amor se apaga. Que tras un divorcio largo solo queda resignación.
En su caso, el final fue también un comienzo.
Treinta y cinco años le enseñaron a resistir.
El divorcio le enseñó a soltar.
Y el nuevo amor le recordó que el corazón, cuando sana, no envejece.
A veces, el verdadero matrimonio es con uno mismo.
Y cuando ese vínculo se fortalece, el amor —si llega— ya no duele.
Después de 35 años de matrimonio, el silencio de un hogar vacío parecía definitivo. No era solo el fin de una relación; era el cierre de una vida conocida. Sin embargo, entre los escombros de lo que fue, ocurrió algo inesperado: el reencuentro conmigo misma.
Aprendí a mirarme con ternura, a hablarme bonito, a reconstruir el amor que durante años entregué a otros sin reservar una parte suficiente para mí. Y entonces entendí una verdad sencilla y luminosa: nadie puede compartir amor si antes no lo cultiva dentro.
Cuando pensé que mi historia romántica había llegado a su último capítulo, la vida —que siempre guarda giros para quien se atreve a seguir leyendo— me lo presentó.
Era diez años mayor que yo, pero su espíritu tenía la juventud de quien ha aprendido a querer sin miedo. Había en él una calma que abrazaba, una forma de mirar que decía "estoy aquí" sin necesidad de palabras.
No fue un amor escandaloso ni apresurado. Fue inmediato, sí, pero también profundo, como si dos almas cansadas de buscar hubieran decidido, al fin, descansar juntas.
Este amor no conoce de toxicidades ni de reclamos inútiles. Es un amor que conversa, que respira, que se da espacio. Un amor que no intenta poseer, sino acompañar.
No negaré que al principio tuve miedo. El corazón, aunque valiente, recuerda sus cicatrices. Pero entonces regresó a mí una frase que hoy guía cada uno de mis días:
Haz que valga la pena.
Porque toda historia de amor tiene un final —ya sea por despedida o por la inevitable ley de la vida— y cuando ese momento llega, deja una nostalgia dulce. Por eso comprendí que la misión no es evitar el dolor, sino llenar el tiempo compartido de tanta luz que, cuando llegue la sombra, solo podamos agradecer.
Así vivo este amor: sin medirlo, sin esconderlo, sin postergarlo.
Lo vivo en las conversaciones largas, en las manos entrelazadas sin prisa, en la certeza de que amar después de los 60 no es un acto de valentía... es un acto de libertad.
Hoy sé que el amor no tiene edad.
Solo tiene disposición.
Y mientras dure —un mes, un año o toda la vida— mi único propósito será el mismo: hacer que valga la pena.

