Columnas - Salvador Camarena

Adiós a Cuba

  • Por: SALVADOR CAMARENA
  • 01 FEBRERO 2026
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Adiós a Cuba

Trump ha lanzado un misil a la relación entre México y la isla. En ese embate, los mexicanos han de redefinirse frente a La Habana

Donald Trump ha lanzado un misil a la relación entre México y Cuba. Así como desde hace un año intenta renombrar al Golfo de México, ahora da un decidido paso para estrangular a la mayor de las Antillas. En ese embate, los mexicanos han de redefinirse frente a La Habana.

Enero acaba como inició. Desde la absoluta prepotencia y en desafío de la ley, Washington intenta sofocar a una (otra) nación de América. Empero, en contraste con hace un mes, quién se atreve a dudar de que la Casa Blanca tiene abiertos todos los escenarios en contra de Cuba.

La segunda parte de esta nueva película imperialista puede terminar en la caída, tan fallidamente pronosticada por décadas, del castrismo. También es posible que las sobras de la revolución de 1959 sobrevivan a la enésima intentona golpista de Estados Unidos.

A diferencia de otros momentos, ahora son menos pronosticables los desenlaces de este capítulo de una enemistad de más de medio siglo; porque la ausencia de frenos de mano que en otros momentos medio sirvieron para detener la locomotora del Tío Sam, complica todo.

No hay ley ni organismo internacional que Trump, su equipo y partido reconozcan, ni hay superpotencia que vaya a dar la cara por el Gobierno castrista, como en la crisis de los misiles; e históricos aliados de La Habana, entre ellos México, están avisados de no interferir.

Cuba está más sola que nunca —con buena parte de responsabilidad por ello de la dictadura castrista, sin duda—, pero ese aislamiento, nunca mejor dicho, sacude a la solidaridad y hasta el hechizo que la opinión pública mexicana experimenta con ese país.

Porque, matices aparte, la presidenta Claudia Sheinbaum tiene razón cuando alega que la ayuda mexicana a Cuba ha sido la constante en sexenios priistas, panistas y, desde luego, tras el 2018. El discurso de hermandad con Cuba no conoció de ideologías, salvo quizá con Fox.

De forma que, a diferencia del 3 de enero cuando la ilegal sustracción militar de Nicolás Maduro por EEUU interpeló directamente la cómplice tolerancia que el expresidente Andrés Manuel López Obrador y Sheinbaum tuvieron con él, en el caso de Cuba las simpatías en México son más extendidas y enredadas.

Cuba es un mito. El cadáver insepulto del modelo comunista. Un régimen que sobrevivió los relatos de los horrores de los países del Este que pudieron liberarse tras la caída en 1989 del Muro de Berlín. Un septuagenario vestigio del estéril asalto al Cuartel Moncada.

Y dónde, si no en México, iba a florecer el mito de los barbones y su épica antiimperialista. El régimen de la revolución mexicana les hizo favores y recibió promesas en medio de la Guerra Fría. Porque Cuba también servía para no enfrentar solos a Washington. Ya no.

Trump 2.0 ha fijado en La Habana uno de sus siguientes objetivos. Si algo hay de cierto en el discurso de la presidenta Sheinbaum es que sería noble y obligado ayudar al pueblo cubano en medio de la tensión creciente. La cuestión es ayudar a los cubanos, no al régimen cubano.

Por principios, historia y conveniencia, en México muchos podrían apoyar un rechazo a acechanzas de los halcones de Washington que harán que la población de la isla sufra aún más. El problema es que el Gobierno y el partido de Sheinbaum no distinguen régimen, de pueblo.

Son los regalos incómodos de la historia. Al Gobierno con la presidenta más químicamente pura con respecto a lo que representa la leyenda castrista, le tocará decidir cómo plantarse frente a Estados Unidos cuando este parece más decidido que en su tiempo Kennedy a tirar al régimen.

Las opciones de Sheinbaum al respecto no son muchas. Luego de que el obradorismo —aun antes de Trump, hay que decirlo— diera la espalda a los organismos internacionales, el peso de México en el mundo es marginal, y su influencia en América Latina, lo mismo.

Y en el plano bilateral, la cuestión cubana puede descarrilar un año de esfuerzos sheinbaumnistas por apaciguar a Trump. La presidenta es consciente de que la solidaridad con Cuba tiene su límite en la retórica para la grada. Ir más allá será comprometer toda la agenda mexicana.

En cualquier escenario, las cosas no serán igual. La presidenta que ha hecho gala de pragmatismo para enfundar a su Gobierno como un agente más del garrote migratorio de Trump, y como una extensión del "largo brazo de la ley" gringa, ahora tiene una nueva prueba.

Vicente Fox debe estar maravillado en su distancia guanajuatense. Aunque ya con el presidente Ernesto Zedillo a finales de los noventa el Gobierno mexicano comenzó a nombrar más abiertamente los derechos humanos en la isla, el panista pagó por dejar de obviarlos.


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