Coahuila, el Estado congelado

Mientras el mapa político mexicano se tiñe de guinda con presteza, una entidad sobrevive bajo el hielo. En Coahuila, el tiempo se congeló.
Ofrezco como evidencia la elección del domingo.
Las contiendas electorales como la que vimos entonces llevan el triste nombre de elecciones huérfanas. En ellas no se renueva gubernatura ni se eligen alcaldías. No coinciden tampoco con ninguna elección nacional. Su única finalidad es decidir el Congreso local. En este caso dieciséis curules de mayoría relativa y nueve de representación proporcional.
Las también llamadas elecciones de estructura –ya su nombre nos lo va susurrando– son aquellas en donde la movilización pesa más que la popularidad. En que la continuidad vale más que la alternancia.
Las elecciones huérfanas son eso. Así son y así permanecerán mientras al PRI le convenga que lo sean. Como dice Saramago en su famoso Evangelio: quien tiene un pájaro en la mano no será tan loco como para soltarlo.
Coahuila es para el PRI el último pájaro.
Escrito lo escrito, volvamos a la elección de hace unos días. Entenderla exige justicia en la comparación: contrastar lo mismo con lo idéntico. La elección del domingo no debe confrontarse contra los comicios federales de 2024 que ganó Claudia Sheinbaum ni contra la elección de gobernador del 2023. Demanda hacerse con la elección de 2020, cuando, igual que ahora, solo se jugaba el Congreso local.
Solo cotejando los resultados de la elección huérfana del domingo pasado con los de la elección huérfana del 2020 es evidente la calca. En 2020, el PRI obtuvo 49,31% de los sufragios y Morena el 19,34%. En este 2026, el PRI alcanzó el 50% de los votos y Morena 22,58%.
Seis años después, si México ha cambiado tanto, ¿por qué Coahuila se empecina en copiar y pegar?
La pregunta podría estirarse pero no lo complejizo. Y es que, desde 2008, el partido de Alejandro Moreno no ha dejado de llevarse el carro completo en las elecciones legislativas locales. Con alianzas o sin rebajarse a ellas, el PRI ha ganado durante los últimos 18 años todos los distritos de Coahuila.
La primera explicación de la más reciente repetición está en la altura. A Morena le sigue siendo esquivo el norte del país. En una región más conservadora, con una identidad más empresarial y políticamente más distante de la causa del obradorismo, el muro de contención conserva los colores del partido que hizo suyos los de la bandera nacional.
La segunda explicación ya la mencioné, pero no es menos cierta si la repito. Al fin que la verdad es verdad una y dos veces. Las elecciones huérfanas favorecen al partido que gobierna. Sin una contienda por la gubernatura o las alcaldías, el poder puede concentrarse en el resto de los cargos.
La tercera explicación reside en la finalidad última de todo gobierno: Manolo Jiménez ha hecho un buen trabajo. De acuerdo con diversos indicadores publicados por el Inegi –no los aburro con el larguísimo nombre–, Coahuila se encuentra por encima de la media nacional en desempeño gubernamental. A Jiménez lo que le corresponde a Jiménez.
La cuarta y última explicación es Morena: sus tropezones, topadas, contrariedades, percances y púas asesinas. El partido llegó a la elección distraído y desarticulado. Llegó con una dirigencia a medias tras la retirada de Andrés Manuel López Beltrán, entretenido en merecidos almohadazos con el Gobierno de Chihuahua y con Donald Trump gruñéndonos desde el otro lado de la cerca.
Cuatro razones explican por qué el PRI conservará el Congreso en el territorio del hielo, sin que ninguna nos autorice a concluir que no habrá de llegar el tiempo de la descongelación.



