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Cuando el crimen pierde rostro: lecciones de Sicilia para México

Cuando el crimen pierde rostro: lecciones de Sicilia para México

Actualizado: 15 de Octubre, 2026, 10:13 PM

Hace algunas semanas, leyendo noticias antes de viajar a Sicilia, me encontré con que la mafia italiana había frenado la entrada de fentanilo. La coincidencia me llevó a preguntarme si realmente una organización criminal podía estar protegiendo a una sociedad de una droga tan peligrosa. Ya en la isla, entendí que la discusión era más compleja: no se trata solamente de quién controla el negocio ilegal, sino de qué ocurre cuando las formas tradicionales del crimen organizado conviven con grupos más fragmentados, menos reconocibles y difíciles de rastrear.

La hipótesis parecía sacada de "El padrino": una mafia que impone límites, protege sus mercados y evita que una sustancia destruya el territorio donde opera. Sin embargo, el experto en crimen organizado Federico Varese, ha cuestionado que un supuesto veto mafioso explique la escasa difusión del fentanilo en Italia. Los datos europeos, además, no siempre son comparables, pues los países utilizan distintos criterios para registrar intoxicaciones y muertes relacionadas con esta sustancia.

La explicación tampoco encaja con la historia de las mafias italianas, cuya participación en el tráfico internacional de cocaína está ampliamente documentada. No hay evidencia suficiente para atribuirles una política de protección social frente a drogas peligrosas. Que el fentanilo tenga una presencia limitada en Italia no demuestra que la mafia lo haya impedido.

El fentanilo es un opioide sintético utilizado en medicina para tratar dolores intensos. Fuera de supervisión médica, su potencia y la posibilidad de que se mezcle con otras sustancias sin que el consumidor lo sepa elevan el riesgo de sobredosis. La crisis estadounidense, precedida por décadas de expansión del consumo de opioides, demuestra que los mercados de drogas pueden transformarse hasta convertirse en graves problemas de salud pública.

La experiencia siciliana me hizo pensar también en México. Durante años, el imaginario del narcotráfico estuvo dominado por figuras como Joaquín "El Chapo" Guzmán, Ismael "El Mayo" Zambada y Nemesio Oseguera, "El Mencho". Esa generación de grandes capos ha quedado atrás: Guzmán cumple condena en Estados Unidos, Zambada fue sentenciado a cadena perpetua y Oseguera murió durante un operativo en febrero de 2026.

Pero la caída de un capo no significa que desaparezca el negocio. Las disputas entre facciones del Cártel de Sinaloa muestran cómo el poder puede redistribuirse, provocar nuevas confrontaciones y dificultar la identificación de los responsables. El crimen organizado no depende exclusivamente de un líder: necesita redes de distribución, corrupción, financiamiento, control territorial y capacidad para reclutar y reemplazar integrantes.

Por eso, el problema no es únicamente quién ocupará el lugar de los grandes capos, sino qué estructuras sobrevivirán a su desaparición. La fragmentación puede debilitar ciertas jerarquías, pero también multiplicar los actores violentos y hacer más difícil anticipar sus movimientos. No significa que ya no existan dirigentes conocidos, sino que concentrar toda la atención en ellos puede ocultar la persistencia de las economías criminales.

México tiene, además, una responsabilidad que va más allá de impedir que el fentanilo llegue a Estados Unidos. Debe evitar que la sustancia encuentre mercados internos, fortalecer la vigilancia sanitaria y desarrollar políticas de prevención, detección de sobredosis y tratamiento de las adicciones. Ningún país puede dar por sentado que una droga destinada a otros mercados permanecerá siempre fuera de sus propias comunidades.

Sicilia me recordó que el peligro no desaparece cuando aprendemos a reconocer el rostro de un criminal; a veces se vuelve mayor cuando ya no sabemos quién ocupa su lugar. México no puede confundir la caída de sus grandes capos con la derrota del narcotráfico, ni creer que el fentanilo permanecerá fuera de sus fronteras porque hoy su principal mercado esté en Estados Unidos. Las organizaciones criminales no tienen lealtades sociales ni vocación de proteger a nadie: siguen el dinero, encuentran oportunidades y cambian de estrategia. Esperar que Estados Unidos, la mafia o entre los mismos cárteles frenen el fentanilo es renunciar a que lo haga el Estado. Y cuando un país deposita su seguridad en los límites que se impone el crimen, ya ha perdido demasiado.