García Harfuch es el candidato a vencer, ya sea en la disputa interna de Morena o, eventualmente, en una boleta encabezada por otra coalición
Los destapes tempranos de candidatos a la presidencia suelen ser besos del diablo. El senador del Partido Verde, Manuel Velasco, aseguró que su organización estaría encantada de postular a Omar García Harfuch, secretario de Seguridad del gobierno de Claudia Sheinbaum para 2030: según él, es tan popular como Pedro Infante. La frase pareció celebratoria, pero en política los elogios no siempre son regalos; a veces comprometen al destinatario. Se da poco después de que otro factor de disonancia para el gobierno mexicano, las autoridades estadounidenses, elogiaron al diligente secretario.
Podría ser un falso favor para Harfuch. Llega cuando crece la tensión entre Morena y el PVEM por las exigencias del Verde para mantener la alianza rumbo a 2027 y cuando se acusa a Estados Unidos de injerencismo. En el caso del Verde puede leerse como presión negociadora: Velasco no solo lo pondera, también eleva el costo de una eventual ruptura. Si el aliado incómodo pregona a un favorito del oficialismo, lo etiqueta, lo vuelve moneda de cambio y le coloca encima el reflector antes de tiempo.
Con todo, la declaración registra un hecho: García Harfuch es el candidato a vencer, ya sea en la disputa interna de Morena o, eventualmente, en una boleta encabezada por otra coalición. No solo el PVEM estaría encantado de postularlo; probablemente también buena parte de los partidos ajenos a Morena. Pocas veces un funcionario en activo concita tantas simpatías fuera de su propio movimiento. Ahí empieza el problema: el candidato que todos quisieran tener puede ser, por eso mismo, el que más recelos despierte dentro de casa.
Las encuestas, aunque prematuras y desiguales, apuntan en la misma dirección. Una medición de CE Research levantada en junio le atribuyó alrededor de 40% entre simpatizantes de Morena, muy por encima de Marcelo Ebrard, con 16%. Otros sondeos mostraban una competencia más cerrada. Las cifras varían, pero la tendencia no.
Dos punteros y una sucesión que empieza antes
Gobernar exige tanto tiempo que apenas deja espacio para pensar en quién gobernará después. Sin embargo, esa es una de las responsabilidades de quien tiene el bastón de mando de la fuerza en el poder. Hace 10 meses publiqué un texto sobre los preocupantes escenarios que enfrenta Morena para la sucesión, pese a su éxito. Avanzada la cuenta regresiva, los argumentos se hacen más acuciantes. Si Sheinbaum y Morena están conformes con que Harfuch o Marcelo Ebrard encabecen la tercera temporada de la Cuarta Transformación, no tienen de qué preocuparse: la inercia convertirá a uno de ellos en el candidato previsible. No hay, por ahora, una tercera figura capaz de disputarles una encuesta abierta, el método que Morena ha usado para elegir a sus ungidos. Y como PAN, PRI y Movimiento Ciudadano no parecen en condiciones de construir una candidatura competitiva, la sucesión real se resolverá dentro del oficialismo: en la disputa interna en 2029 más que en las urnas en 2030.
Pero Harfuch no viene de las entrañas del movimiento. Es un policía profesional, formado en el aparato de seguridad, sin las marchas, las derrotas electorales ni la mística fundacional que aún opera como credencial de pertenencia. Para muchos votantes su perfil técnico es una virtud; para los guardianes de la ortodoxia, una carencia. A eso se suma López Obrador. No hace falta atribuirle vetos para reconocer que su sombra pesará sobre el desenlace y que el fundador podría no compartir lo que las encuestas y la inercia han ido imponiendo.
Omar García Harfuch en un recorrido por Culiacán con la Secretaría de la Defensa Nacional, en 2024.
Fotógrafo Especial
Harfuch ofrece lo que más pide la ciudadanía: resultados en seguridad. Pero esa es también su vulnerabilidad. Quien dirige esa política en un país con tantas heridas abiertas carga con cada cifra de homicidios, cada desaparición y cada crisis con Estados Unidos. Su fortaleza es verificable; sus tropiezos también. Ser el candidato a vencer tres años antes de la elección equivale a convertirse en blanco de todos.
Ebrard tiene la ventaja opuesta: oficio, red internacional y experiencia en mesas difíciles. En un sexenio atravesado por la revisión del T-MEC y las presiones de la Casa Blanca, esas credenciales pesan. Puede operar como seguro institucional de Morena. Arrastra, sin embargo, la impugnación de su derrota frente a Sheinbaum en 2023 y la crítica de sus adversarios de que su lealtad al movimiento es más pragmática que visceral.
Se están tardando
Aquí está lo importante. Si Sheinbaum, Morena y el propio López Obrador no están convencidos de que el candidato deba ser Harfuch o Ebrard, tendrían que trabajar desde ahora una alternativa popular. La designación formal ocurrirá dentro de tres años, pero la competencia real arrancará antes: pasadas las intermedias, las ambiciones saldrán a la superficie. En 2023, Sheinbaum y Ebrard anunciaron sus aspiraciones casi año y medio antes de la elección. Quien quiera estar en la contienda tiene que estarse construyendo desde ya.
Construir un candidato popular no es fácil. La delantera de los dos punteros es enorme y ambos seguirán siendo protagónicos el resto del sexenio: uno por la seguridad, el otro por la relación con Washington. Cualquier integrante del gabinete está a años luz de esa visibilidad, y la visibilidad no se improvisa. Habría que incorporar gobernadores, dar proyección a secretarios y subsecretarios con potencial y exponerlos a la opinión pública con suficiente anticipación.
Si esa es la estrategia de las cabezas de Morena, se están tardando, porque ya no son los tiempos de Díaz Ordaz o Echeverría, cuando el soberano imponía a su delfín. El proceso de selección tiene vida propia y los votantes son más autónomos frente a las autoridades. Incluso en las gubernaturas, en varias ocasiones Morena ha tenido que sacrificar al candidato deseable para optar por el factible.
Una alternativa es hacerse al ánimo de que cualquiera de los dos punteros es aceptable. En ese caso pueden estar tranquilos: la campaña será un paseo. Lo que no conviene es la indefinición. Lo peor sería que al cuarto para las doce Palacio Nacional o Palenque decidan otra cosa. Improvisar un candidato popular en unos meses frente a dos favoritos consolidados sería casi imposible, y hacerlo a destiempo podría resultar devastador para el movimiento.
Lo que viene
Las elecciones de 2027 serán la estación obligada. Si Morena conserva músculo territorial, Sheinbaum podrá conducir la sucesión desde una posición de fuerza. Si pierde terreno, si las gubernaturas se complican o si el PVEM encarece su apoyo, la carrera presidencial se contaminará antes de tiempo. En realidad, el destape de Velasco habla menos de 2030 que de 2027: advierte cuánto puede valer el Verde cuando llegue la hora de contar votos, candidaturas y mayorías legislativas.
Lo único seguro es que la sucesión ya empezó, aunque nadie quiera reconocerlo. Velasco, quizá sin proponérselo, le dio a Harfuch el regalo más peligroso de la política mexicana: ser, demasiado pronto, el hombre a vencer. Y a Morena le dejó una pregunta incómoda: si de verdad quiere otra opción, tiene muy poco tiempo para construirla.
@jorgezepedap



