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La educación de una abogada idealista

La educación de una abogada idealista

Actualizado: 27 de Octubre, 2026, 10:19 PM

En las últimas semanas, la conversación entre la abogacía en México ha girado alrededor de quién merece ser llamado doctor, a quién debemos reconocer como un referente académico y qué trayectorias conviene premiar ante nuestra comunidad. Son discusiones legítimas cuando permiten examinar el rigor de una investigación o la consistencia de una obra, pero resulta inquietante la energía que dedicamos a ordenar nuestras jerarquías mientras enfrentamos tantos retos como sociedad.

La semana pasada, World Justice Project publicó su Índice de Estado de Derecho y sitúa a México en el puesto 125 de 143 países, registrando una disminución de 2.7 % en su puntuación general. Estos números deberían ser una señal de alarma y una oportunidad para reflexionar qué estamos haciendo quienes estudiamos derecho con los conocimientos que adquirimos.

He vuelto a ese cuestionamiento después de recibir en nuestro país a Samantha Power y de leer "The Education of an Idealist", el libro que hace años me inspiró a estudiar esta carrera. Hay una escena de sus memorias que merece acompañarnos en nuestras facultades.

En 1995, cuando comenzaba sus estudios de derecho en Harvard después de haber trabajado como corresponsal en Bosnia, Power leyó una investigación del "New York Times" sobre la matanza de Srebrenica. Conmovida por los detalles, pidió permiso para dirigirse a sus compañeros antes de una clase de Contratos. Le temblaban los labios mientras los invitaba a leerla. Después, junto con una amiga, repartió 500 copias entre los estudiantes de primer año. Algunos se lo agradecieron; aunque tuvo la impresión de que muchos la encontraban demasiado intensa.

La escena muestra a una estudiante que reconoce sus límites y encuentra lo que sí puede hacer al respecto. Más adelante, esa preocupación tomaría forma en A Problem from Hell, una investigación que reconstruye las decisiones y omisiones del gobierno estadounidense ante distintos genocidios. Power utilizó testimonios y documentos para examinar cómo funcionarios que conocían las atrocidades justificaron su inacción. La investigación académica permitió exigir cuentas al poder y le valió el premio Pulitzer en 2003.

Con el tiempo, ella misma tendría que responder desde el gobierno. Fue asesora del presidente Barack Obama y embajadora ante la ONU; años después, dirigió USAID. Al narrar su paso por la Casa Blanca y la ONU, expone las dudas que la acompañaron y las contradicciones de defender principios dentro de instituciones con intereses y prioridades propios. Al escribir sobre Siria, reconoció el peligro de recurrir a las mismas racionalizaciones que había cuestionado como activista.

Me parece que estas anécdotas nos presentan una lección fundamental, pues reconocer los límites de nuestra capacidad de actuar puede ayudarnos a precisar dónde intervenir; aunque también puede convertirse en una justificación para acomodarnos. Por eso me inspira su insistencia en atender a problemáticas concretas y perseverar. Como ella sostiene: "quienes se preocupan, actúan y se niegan a rendirse quizá no cambien el mundo, pero pueden transformar la vida de muchas personas".

En México, esa disposición puede adquirir formas muy concretas, como escuchar con atención a quien llega a un despacho, documentar una arbitrariedad, preparar una defensa con rigor o negarse a justificar un abuso porque proviene de alguien cercano. Habrá derrotas incluso cuando actuemos correctamente y habrá esfuerzos que sólo produzcan resultados al sumarse al trabajo de otros. Esos esfuerzos también pueden sostener las organizaciones y alianzas que necesitamos para reconstruir nuestras instituciones.

Eso es lo que quiero conservar de mi encuentro con Power y de la lectura de su obra. Para mí, ser abogado implica estudiar para poner el conocimiento al servicio de los demás y comprender mejor aquello que otros padecen, con la disposición de revisar mis propias certezas. Implica reconocer que lo que sé puede ser útil para alguien y asumir la responsabilidad de ponerlo a su alcance.

Los grados y reconocimientos podrán expresar méritos reales. Al concederlos, estamos Obligados a preguntarnos qué conocimiento estamos premiando y qué conducta estamos alentando. Y, al volver a casa, preguntarnos qué hicimos nosotros con lo que sabemos.