La moral del despido. Jeff Bezos, Trump y la guerra contra el trabajo

Hay dos palabras que recorren silenciosamente el nuevo capitalismo y que, sin embargo, explican buena parte de su violencia cotidiana: despido y exclusión. No como hecho excepcional, sino como principio organizador. Despedir-excluir no es sólo una decisión administrativa: es un acto de poder, una práctica disciplinaria y, cada vez más, una declaración moral sobre quién merece quedarse y quién debe desaparecer del mundo del trabajo.
En este sentido, los llamados "amigos (y socios, incluso víctimas) de Trump" -la élite corporativa que órbita alrededor del expresidente y que hoy vuelve a ganar centralidad política- comparten algo más que afinidades ideológicas: comparten una enemistad profunda con el trabajo como institución social protegida. El caso de Jeff Bezos, fundador de Amazon (y principal accionista) y propietario de The Washington Post, resulta ejemplar para comprender esta lógica.
La facultad de contratar y despedir como dispositivo de dominación. Algo así abordé hace un poco más de 10 años. Desde una mirada crítica del trabajo, la llamada facultad de contratar y despedir nunca ha sido neutral. Como lo muestran Bowles y Gintis (1981), esta facultad es el arma central del capital para disciplinar a la fuerza de trabajo: produce obediencia, competencia entre pares y aceptación resignada de la precariedad.
En el capitalismo contemporáneo, esta facultad se ha radicalizado. Ya no se ejerce únicamente en coyunturas de crisis, sino como mecanismo permanente de gestión. El despido deja de ser un último recurso y se convierte en una estrategia normalizada de gobierno empresarial.
Amazon encarna esta lógica con crudeza. En enero de 2026, la empresa confirmó el despido de 16 mil trabajadores en distintos países, luego de haber enviado –"por error", según la versión oficial- un correo interno anunciando los recortes. El mensaje fue claro: eliminar "burocracia", optimizar procesos, fortalecer la empresa. Musk, al iniciar el gobierno de Trump en este segundo mandato, impulsó en la administración la tarea del descarte, como objetivo. Traducido al lenguaje llano: personas de sobra (la población sobrante, desde la conceptualización marxista), vidas prescindibles.
Así, podemos aludir a Bezos y la moral empresarial del descarte. En un espejo contrario a Narciso, Jeff Bezos suele presentarse como innovador, filántropo ocasional y visionario tecnológico. Pero detrás de esa narrativa se esconde una moral empresarial profundamente anti-laboral. No se trata sólo de los despidos masivos en Amazon, sino del diseño completo del trabajo que la empresa ha impuesto: ritmos extenuantes, vigilancia algorítmica, contratos temporales, subcontratación y una hostilidad abierta hacia cualquier intento de sindicalización.
El despido de más de 300 periodistas en The Washington Post -un diario históricamente asociado a la defensa de libertades democráticas- es otra evidencia empírica del estilo particular de pensar e impulsar el marco autoritario de relaciones laborales, especialmente revelador. No es sólo una decisión económica: es un mensaje político. Incluso el trabajo intelectual, periodístico, crítico, puede ser tratado como mercancía descartable cuando no se ajusta a la lógica de rentabilidad inmediata.
Aquí aparece una contradicción central: quienes se presentan como defensores de la libertad (Trump, Bezos y el ecosistema corporativo que los rodea) necesitan debilitar sistemáticamente la libertad real de los trabajadores. Libertad de organización, de estabilidad, de proyecto de vida.
Trump, Bezos, Musk (en síntesis, con sus matices, parte de la minoría compacta del "iluminismo oscuro") y el mismo enemigo: el sindicalismo. No es casual que el sindicalismo sea uno de los blancos predilectos de este bloque de poder. El sindicalismo -con todas sus limitaciones y contradicciones- tiene un objetivo histórico claro: regular la relación capital-trabajo, poner límites a la arbitrariedad empresarial, introducir reglas colectivas donde el capital privilegia decisiones unilaterales. Pero en la escena hay más actores. Para el trumpismo corporativo, el sindicalismo es un obstáculo intolerable.
Por eso se lo combate con discursos que lo presentan como anacrónico, corrupto o enemigo del progreso (Argentina es un espejo claro de esta lógica: en lo micro, despidieron a la delegada gremial Norma Lezana, una trabajadora del Hospital Garrahan, marcada por Eduardo Feinmann, periodista esencialmente "ojito derecho" de Milei). En Amazon, esta hostilidad se traduce en campañas antisindicales agresivas, despidos selectivos, cierre de centros de trabajo y una narrativa empresarial que glorifica la "flexibilidad" mientras normaliza la inseguridad.
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