Los dinosaurios aprendieron a usar códigos QR

Hay imágenes que explican mejor una época que cualquier discurso.
La oposición intenta contar la historia de Coahuila como si siguieran vivitos y coleando.
Salieron a celebrar, a presumir músculo y a fabricar una narrativa de victoria, como si una elección pudiera borrar décadas de prácticas que México conoce demasiado bien.
Pero el PRI tiene un problema: puede cambiar de discurso, de logotipo, de candidato, de dirigente, de plataforma y hasta de tecnología.
Lo que no puede cambiar es su ADN.
Sigue siendo el mismo partido que durante años creyó que la necesidad de la gente podía administrarse.
El mismo que confundió participación ciudadana con control político.
El mismo que convirtió al pueblo en padrón, en estructura, en número, en mercancía electoral.
Los dinosaurios aprendieron a usar códigos QR. Antes eran listas en papel; hoy son bases de datos.
Antes eran carpetas; hoy son plataformas. Antes eran operadores con libretas; hoy son operadores con celulares.
Cambió la herramienta, pero no cambió la maña.
Por eso les molesta tanto que se pregunte.
¿Quién financió esa operación? ¿Quién pagó la movilización? ¿Quién integró las bases de datos? ¿Con qué recursos se sostuvo la estructura? ¿A cambio de qué se registró a la gente? ¿Quién dio la instrucción?
Cada vez que se les cuestiona, reaccionan como siempre: con enojo, victimismo y escándalo. Gritan persecución, hablan de ataques y se envuelven en la bandera de la democracia. Porque el PRI no entiende la transparencia como obligación. La entiende como amenaza.
Alejandro Moreno es el retrato más fiel del PRI que queda: un partido que ya no convence, sólo opera; que ya no inspira, sólo administra estructuras; que ya no representa futuro, sino nostalgia de privilegios.
Habla de pueblo desde la comodidad, habla de democracia desde la maquinaria y habla de renovación mientras carga en la espalda las prácticas más viejas de la política mexicana.
Y mientras el dinosaurio con celular aparece disfrutando un partido del Mundial, en un espacio que para millones de familias mexicanas sería simplemente inaccesible, la Presidenta Claudia Sheinbaum y la Jefa de Gobierno Clara Brugada están donde siempre ha estado la Cuarta Transformación: con la gente, en territorio, caminando con el pueblo. Ahí está la diferencia.
Porque hasta el Mundial revela diferencias. Para millones de mexicanas y mexicanos, el futbol es familia, barrio, emoción, bandera y esperanza colectiva.
Pero para algunos políticos del viejo régimen, México sigue siendo una escenografía: una foto, un boleto caro, un reflector, una oportunidad para aparecer.
Por eso no entienden a una Presidenta que camina con el pueblo, que gobierna con respaldo popular y que no necesita fingir cercanía porque la cercanía ha sido parte de su historia política.
Por eso Coahuila importa.
No por el resultado electoral, sino por lo que exhibe: la desesperación de una oposición que necesita reciclar sus viejas prácticas para fingir que sigue viva.
Y aunque hoy se disfrace de modernidad, aunque use plataformas, códigos QR y discursos de renovación, sigue oliendo a lo mismo: a pasado, a operación, a abuso de la necesidad, a maquinaria electoral.
Ese es el verdadero rostro del priismo.
"Alito" podrá presumir fotos, discursos, viajes, estadios y supuestas victorias.
Podrá sentarse en un palco, levantar la voz y hablar de democracia con la solemnidad de quien quiere que olvidemos su historia, pero no puede escapar de lo evidente, encabeza un partido que cambió los códigos, no las mañas.
Porque, aunque los dinosaurios aprendieron a usar códigos QR, siguen siendo dinosaurios.
Y la historia ya les enseñó cómo termina esa especie.
*Diputada Federal. LXVI Legislatura



