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México, a contracorriente

México, a contracorriente

Actualizado: 07 de Octubre, 2026, 10:16 PM

Una elección ganada por la derecha no convierte a un país entero en conservador. A veces expresa algo más sencillo: el cansancio con quien gobierna. América Latina vuelve a cambiar de color y México permanece entre los países gobernados por la izquierda. La pregunta es por qué aquí el descontento todavía no encuentra una alternativa capaz de disputarle el poder al oficialismo.

El avance de la derecha es visible. Argentina, Chile, Bolivia y Colombia han modificado el equilibrio regional. En Brasil, la ventaja de Flávio Bolsonaro sobre Lula en la primera vuelta anticipa una disputa decisiva, aunque el resultado sigue abierto. México, Uruguay y Guatemala completan un mapa donde la izquierda conserva espacios, pero ha perdido buena parte de la compañía que tenía hace unos años.

Hablar de una ola ayuda a describir ese movimiento. Explicarlo exige más. Bajo una misma etiqueta conviven países con problemas, candidatos e instituciones diferentes. Un elector puede votar por una propuesta conservadora porque comparte sus valores, porque exige seguridad o porque quiere sacar a quienes considera responsables de su deterioro económico. La boleta registra una preferencia; rara vez explica por sí sola sus motivos.

El politólogo Morris Fiorina ofrece una clave: el voto retrospectivo. Los ciudadanos pueden premiar o castigar a quienes gobiernan según los resultados que perciben. Desde esa perspectiva, una victoria de la derecha no demuestra por sí sola una conversión conservadora del electorado. Puede expresar el rechazo a una izquierda que decepcionó. Ganar por el fracaso del adversario tampoco garantiza un respaldo duradero para el propio proyecto.

México obliga a mirar la otra parte del fenómeno. Morena ha logrado conservar una amplia base electoral después de llegar al poder. Entre las explicaciones que merecen examinarse están los programas sociales, el aumento del salario mínimo y una narrativa que coloca a sectores históricamente relegados en el centro del discurso público. Para muchos ciudadanos, esas decisiones pueden representar una diferencia concreta, aun cuando persistan otras carencias.

También importa la manera en que se organiza el descontento. El oficialismo continúa presentándose como una fuerza que combate privilegios y resistencias. Esa narrativa le permite disputar el significado de los problemas: atribuirlos a herencias, obstáculos o intereses que su proyecto promete vencer. Su eficacia dependerá de cuánto tiempo resulte creíble frente a la responsabilidad que supone gobernar.

La oposición, por su parte, enfrenta una dificultad que ninguna victoria extranjera puede resolverle. Necesita explicar qué ofrece a quienes respaldan al gobierno. La crítica puede señalar errores, abusos y riesgos; una alternativa debe además responder qué hará con los ingresos, la inseguridad, la salud, la educación y las oportunidades. Defender las instituciones exige mostrar cómo su deterioro afecta la vida de las personas.

Suponer que los beneficiarios de una política social votan sin autonomía impide comprender sus decisiones. También resulta insuficiente imaginar que basta el desgaste presidencial para recuperar el poder. El malestar puede conducir a la alternancia, a la abstención o a buscar respuestas dentro del propio movimiento gobernante. Para convertirlo en apoyo hace falta una propuesta que merezca confianza.

Esto tampoco concede a Morena una excepción permanente. La continuidad electoral aumenta su responsabilidad sobre los resultados. Conforme transcurre el tiempo, pierde fuerza la explicación de que todo proviene de quienes estuvieron antes. Una izquierda que gobierna debe acreditar su compromiso con la igualdad en los servicios públicos, con los derechos en el ejercicio de la autoridad y con la democracia en su disposición a aceptar límites.