La semana pasada tuvo lugar la Semana de Alto Nivel de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la cual reúne anualmente a los líderes del mundo para exponer sus prioridades ante la comunidad internacional, negociar en los márgenes y medir el pulso del orden mundial. Este año el contexto era especialmente tenso: fue la última Asamblea General de António Guterres como Secretario General, con guerras abiertas en Medio Oriente y Ucrania, y con un Consejo de Seguridad cuestionado por su parálisis frente a las mismas. Entre otros asuntos, en México llamaron la atención las declaraciones del presidente Trump sobre nuestro país. En el Debate General de la Asamblea, Trump mencionó que México es el epicentro de la violencia de los cárteles de la droga y exigió al gobierno mexicano recuperar el control de su territorio, al mismo tiempo que reconoció la buena relación entre ambos países.
¿Debió participar la presidenta Sheinbaum en la Asamblea General de la ONU y responder a Trump, como se le reclamó en la opinión pública en México? Se trata de dos preguntas diferentes, y cada una amerita su propia respuesta. La 4T considera que la mejor política exterior es la política interna, y en efecto ha brillado por su ausencia en la arena internacional, sobre todo a nivel de la diplomacia presidencial. En el caso de la ONU, esto se ha visto reflejado en que ningún jefe de Estado mexicano ha participado en la Asamblea General desde 2018. Ello contrasta enormemente con la tendencia global: por ejemplo, este año, 120 jefes de Estado y gobierno dieron discursos en el Debate General. Que la Presidenta se ausente de este foro supone perder la oportunidad de celebrar reuniones bilaterales a nivel presidencial y de hacer un posicionamiento, verdaderamente visible ante los reflectores del mundo, sobre el papel de México en el contexto geopolítico actual. En un año en el que se consolida el giro a la derecha en América Latina, se cuestiona la relevancia de las organizaciones internacionales y se está repensando la estructura y el papel de la ONU, y cuando además teníamos una candidatura a la Secretaría General, se trata de una oportunidad desperdiciada. Ahora bien, ¿dicho posicionamiento debió incluir una respuesta a Trump? Considero que no, y que el gobierno de México ha hecho bien en no enfrascarse en disputas retóricas con el presidente de Estados Unidos. Con un comercio tan poco diversificado y a falta de mercados alternativos que sustituyan al estadounidense, México no debería darse el lujo de iniciar una guerra de aranceles con Trump, y ni se diga arriesgar el endeble equilibrio en materia de cooperación bilateral en temas de seguridad.
Más allá de la ausencia de la presidenta Sheinbaum, ¿cuál es el balance de la participación de México en la Asamblea General? El balance es mixto: la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) sostuvo una agenda intensa y consiguió al menos un logro tangible, pero esa actividad no se tradujo en una narrativa clara sobre el papel de México en el mundo. El canciller Roberto Velasco realizó el discurso en el Debate General y lideró la delegación mexicana en la Semana de Alto Nivel de la Asamblea General. A mi parecer, el Canciller hace grandes esfuerzos por cubrir una enorme variedad de flancos y agendas de política exterior, y la Asamblea General no fue la excepción. El Canciller se reunió con al menos seis Ministros de Asuntos Exteriores, con altos funcionarios de la ONU (incluidos António Guterres y Volker Türk, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos), con líderes de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), de la Alianza del Pacífico y de la Unión Europea, entre otros, y participó en múltiples eventos paralelos (incluido el de Grupo Núcleo LGBTI+, que generó una respuesta injusta y reaccionaria). En un triunfo importante para la diplomacia de nuestro país, Reino Unido se sumó a la propuesta franco-mexicana para suspender el veto en el Consejo de Seguridad en casos de atrocidades masivas. Este nivel de actividad imprime dinamismo a la política exterior del país; sin embargo, persiste la duda sobre cuáles son las estrategias y las prioridades del gobierno de México.
En efecto, el discurso del Canciller en el Debate General se queda corto tanto en términos de diagnóstico como de propuesta. Y es que el canciller Velasco tiene dos factores limitantes importantes en su actuar, uno externo y otro interno: el externo es la asimetría de poder con nuestro vecino del norte y la ya mencionada importancia de mantener buenas relaciones con el gobierno de Trump; el interno es el mandato de la 4T de que "la mejor política exterior es la política interna". Más por lo segundo que por lo primero, el canciller Velasco dedicó la mitad de su discurso a apelar al público nacional y hablar sobre los resultados de las políticas internas del gobierno de México, un espacio verdaderamente inapropiado para ello, y la segunda mitad a mencionar vagamente algunas posiciones históricas y loables de nuestra política exterior: la importancia del multilateralismo y del derecho internacional, el respaldo a Cuba (que no es menor en estos tiempos), y el reconocimiento de Palestina (que tampoco lo es).
Sin embargo, ¿cuál es el diagnóstico del gobierno de México sobre el futuro de la ONU o sobre la securitización de las relaciones internacionales? ¿Dónde se posiciona en el debate sobre la regulación de la inteligencia artificial o en la defensa de la Corte Penal Internacional frente al embate de las grandes potencias? ¿Qué opinión le merece que Estados Unidos y los demás países del Escudo de las Américas busquen invocar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca para la acción colectiva contra "organizaciones narcoterroristas"? ¿Qué piensa sobre la situación en Ucrania, Venezuela e Irán? Si el gobierno de México defiende el derecho internacional y el multilateralismo, ¿para qué se reunió el canciller Velasco con Serguéi Lavrov, Ministro de Asuntos Exteriores de Rusia? Si quiere ser amigo de todos, ¿dónde queda la defensa de la solución pacífica de controversias y de la libre autodeterminación de los pueblos? Si cree en los derechos humanos y en la democracia, ¿por qué es tan ambivalente con respecto al régimen dictatorial en Nicaragua? Si, como mencionó el canciller Velasco en el Council on Foreign Relations, México no es potencia media y el gobierno no ve al mundo en términos de potencias (a pesar del vecino que tenemos), ¿qué es este país y cuáles son las claves analíticas para analizar el contexto internacional?
Más allá de las agendas llenas y los discursos aceptables, ¿cuál es el papel de México en el mundo? ¿Qué defendemos, además de la supervivencia del T-MEC, el impulso a la inversión extranjera directa y los llamados morenistas a la defensa de la soberanía? Son preguntas que la Cancillería está equipada para plantearse, y frente a las cuales México tiene margen de maniobra con Estados Unidos. De hecho, está en el corazón de la historia de nuestra política exterior aprovechar el ámbito multilateral para ejercer contrapesos (en la forma de equilibrio blando) frente a dicha potencia. Asimismo, la SRE busca incidir en las respuestas a estas preguntas mediante iniciativas poco visibles en la discusión pública nacional, como la iniciativa ONU80, sobre la reforma de la ONU, o la decisión de sumarse a la demanda de Sudáfrica contra Israel en la Corte Internacional de Justicia. Sin embargo, para ejercer liderazgo en las grandes agendas globales, que seríamos ilusos en creer que no nos afectan, no bastan las iniciativas aisladas de la Cancillería: se necesita una visión clara que se articule a partir de voluntad política al más alto nivel, y esta, lamentablemente, no se ha materializado en la 4T.



