En México tenemos una curiosa costumbre: cambiamos de presidente cada seis años, pero seguimos peleándonos con los anteriores durante décadas.
Algunos llevan tanto tiempo fuera del poder que uno pensaría que ya solo estarían alimentando palomas en algún parque. Pero no. Siguen siendo protagonistas de la política nacional, aunque no quieran.
Salinas de Gortari continúa siendo el villano favorito del neoliberalismo. Zedillo carga con el Fobaproa. Fox abre la boca y prácticamente le entrega al gobierno material para tres mañaneras.
Y Calderón ocupa un lugar privilegiado en el discurso oficial: si no es por la guerra contra el narcotráfico, es por García Luna, por el "fraude electoral" de 2006, por su estatua recientemente descabezada o por cualquier otro pecado que se le pueda atribuir.
A todos les toca. A todos les recuerdan sus errores, reales o supuestos. A todos les pasan factura.
Un momento... ¿No nos falta alguien?
¡Enrique Peña Nieto!
El hombre que gobernó México de 2012 a 2018, el último presidente del PRI, el de la Casa Blanca, Ayotzinapa, Odebrecht, la Estafa Maestra y una colección de escándalos suficiente para mantener ocupados a los historiadores durante décadas.
¿Dónde quedó? ¿Se lo tragó la tierra? ¿O simplemente descubrió el secreto mejor guardado de la política mexicana?
Porque hay que reconocerle algo: Peña Nieto ha conseguido lo que parecía imposible. Desaparecer del radar político de un gobierno que lleva prácticamente ocho años hablando del pasado.
No es que nunca lo mencionen. De vez en cuando aparece en alguna referencia a los 36 años del neoliberalismo, como quien recuerda a un pariente lejano en una reunión familiar. Pero nada comparable con la atención y descrédito que reciben sus antecesores.
Mientras que Calderón se defiende, Fox declara, Zedillo opina y Salinas sigue provocando urticaria, Peña Nieto guarda silencio. No polemiza, no da conferencias para defender su legado, no organiza movimientos opositores ni parece particularmente interesado en recuperar protagonismo.
Y, sobre todo, no le da motivos nuevos al oficialismo para convertirlo en noticia.
Tal vez ahí radique su genialidad.
Durante años, Peña Nieto fue objeto de burlas por sus equivocaciones públicas, sus dificultades para improvisar discursos y algunos episodios francamente memorables. Muchos confundieron aquellas torpezas con falta de inteligencia. Yo no estaría tan seguro.
Porque para sobrevivir políticamente no siempre hace falta ser el más brillante frente a las cámaras.
A veces basta con saber cuándo retirarse, cuándo callar y cuándo dejar que los demás se peleen.
AMLO reconoció públicamente que Peña Nieto no intervino en la elección presidencial de 2018. La transición fue cordial. Después vinieron las promesas de combatir la corrupción, las investigaciones anunciadas contra el expresidente y la ausencia, hasta ahora, de una acusación penal.
¿Hubo algún acuerdo? No lo sé. Lo que resulta imposible es no advertir el contraste.
Peña Nieto entregó la Presidencia al hombre que prometía acabar con todo lo que su gobierno representaba. Y mientras buena parte de sus antecesores siguen y seguirán siendo fustigados en el banquillo de los acusados de la retórica oficial, él encontró una salida de emergencia.
Su verdadero talento no fue conquistar el poder, sino saber abandonarlo.
Porque una cosa es dejar la Presidencia y otra muy distinta conseguir que, con el paso de los años, nadie te pida explicaciones por lo que hiciste mientras la ocupabas.
Enrique Peña Nieto podrá haber cometido muchos errores como presidente. Pero si su objetivo era retirarse tranquilamente y dejar que otros cargaran con las culpas del pasado, el resultado habla por sí solo.
En un país donde el gobierno simplemente no puede dejar de hablar de los expresidentes, quien mejor parece haber conseguido que lo olviden es precisamente el que le entregó el poder.
Genio.
POSTDATA. El presupuesto propuesto para 2027 contempla subsidios por 127.4 millones de pesos diarios para el Tren Maya, Mexicana de Aviación y otras tres empresas administradas por las Fuerzas Armadas. Sin palabras.



