La intención puede parecer razonable: impedir que circulen mensajes que llamen directamente a la violencia. Sin embargo, colocar la regulación de las redes sociales en el centro de la respuesta sería equivocar el diagnóstico.
Eliminar publicaciones no reducirá, por sí solo, las muertes que se registran todos los días ni desactivará las causas que alimentan la violencia.
Los contenidos pueden amplificar el problema, pero no lo originan. Confundir la representación de la violencia con sus causas es, una vez más, querer tapar el sol con un dedo.
Exigir a las plataformas que detecten y retiren llamados directos a la violencia puede ser necesario, sobre todo cuando existe un riesgo inmediato.
Pero esa obligación debe evaluarse como una herramienta de contención, no como una política capaz de sustituir la prevención social, educativa y comunitaria.
La violencia que alcanza a niñas, niños y jóvenes no nació en TikTok, Facebook ni en ninguna otra plataforma.
Se alimenta de factores como entornos familiares y comunitarios deteriorados, escuelas sin recursos suficientes, espacios públicos abandonados y una falta persistente de oportunidades.
Por eso, una estrategia seria no puede reducirse a un decreto ni a un anuncio matutino.
Si las pantallas ocupan demasiado tiempo en la vida de las nuevas generaciones, la respuesta no debe limitarse a prohibir o retirar contenidos, sino ofrecerles motivos reales para mirar hacia otro lado.
Esos motivos existen y son conocidos: deporte, lectura, pintura, baile, canto y otras actividades culturales o recreativas.
No son simples pasatiempos: pueden fortalecer vínculos, desarrollar capacidades y ofrecer espacios de pertenencia.
Lo que falta es convertirlos en opciones cercanas, constantes y asequibles.
No basta con recomendar a una persona joven que deje el teléfono si, al salir de casa, no encuentra una cancha segura, una biblioteca abierta, un taller artístico o un espacio comunitario donde desarrollarse.
Cuando una niña, un niño o una persona joven encuentra oportunidades para leer, jugar, cantar, bailar o practicar un deporte, no solo dispone de alternativas al tiempo frente a una pantalla: también puede encontrar formas de expresarse, convivir y construir un proyecto propio.
El problema no es únicamente el video que aparece en una red social, sino también todo aquello que se deja de ofrecer fuera de ella.
Regular contenidos puede formar parte de una política más amplia, pero presentarlo como la respuesta central distrae de las obligaciones que corresponden al Estado.
Combatir las causas no consiste únicamente en entregar recursos de manera directa.
También exige que el Estado atienda de forma integral y sostenida la educación, la cultura, la convivencia, la salud y el desarrollo de niñas, niños y jóvenes.
Si esa formación se abandona, el problema permanece, aunque se retiren contenidos de las plataformas.
Por eso, las secretarías responsables de Educación, Cultura y Bienestar deberían revisar sus prioridades y presupuestos.
Si el gobierno asegura que quiere atender las causas, debe demostrarlo con inversión sostenida en la formación y el bienestar de niñas, niños y jóvenes, así como con espacios seguros y programas accesibles en sus comunidades.
Secretario Harfuch: las redes sociales pueden amplificar la violencia, pero no la inventaron.
Combatir sus causas exige mucho más que borrar publicaciones; exige construir alternativas.
Sin ellas, el decreto será apenas una medida vistosa frente a un problema que seguirá intacto.
*Director de Nostra Ediciones y Panorama Editorial.
X:@MauricioVolpi



