Tengo 45 años de conocer este baño, pero hoy jueves 8 de octubre, muy de mañana, al entrar, todo es diferente. El espacio no fue pintado, ni los muebles cambiaron. Lo distinto es el agua que sale de regadera y grifo. El agua puerca que fluye en Guadalajara irrumpió el fin de semana pasado en casa de mis padres.
La diligencia de mis hermanos logró que pronto se colocaran filtros en la toma principal. En unas horas, el líquido dejó de apestar, pero quién dice que está limpio. Me daré el regaderazo más breve de mi vida. Este baño, esta casa y esta ciudad, la zona conurbada de la capital con 5,5 millones de habitantes del siempre presuntuoso Estado de Jalisco, hoy no son los mismos: el agua es una amenaza.
En palabras del gobernador jalisciense Pablo Lemus, Guadalajara padece "una crisis de agua contaminada como nunca antes". No es cosa de todos los días que un político reconozca una crisis, y menos seguida de un "nunca antes". Pero el tema es que, encima, lo que aquí sucede no es consecuencia de maldición divina, o de que la Virgen de Zapopan, patrona de este valle, se haya olvidado de sus hijos, ni tampoco de un accidente súbito en tubos y drenaje por un sismo; y mucho menos debería ser algo sorpresivo el que ahora los tapatíos se asomen, con muchas más dudas y temores que información puntual, a la posibilidad de vivir los próximos seis meses con recortes de agua semanales. Un "hoy no circula", pero en lugar de castigar el auto, te restringen el agua.
Esto no empezó el fin de semana pasado, pero hay que iniciar por lo ocurrido a principios de octubre para intentar una explicación a la emergencia. Cuando llegó este mes, de las tuberías de miles de casas de Guadalajara comenzó a salir agua con olor a drenaje, a orín, azufre, excremento... o todo junto... y de la coloración ni qué decir, porque según testimonios que circulan en redes sociales, por cortesía del Gobierno, desde el sábado la porquería llegaba en varios tonos a los hogares.
Las autoridades han anunciado que lo que sigue es una ciudad sin el 30% del líquido habitual por un periodo, que inicialmente se calcula en medio año. En ese tiempo se arrancarán obras que tardarán hasta un par de años, y que con unas multimillonarias inversiones prometidas por el Gobierno local y federal, eventualmente se dotará al corazón de Jalisco de agua en suficiente cantidad y de óptima calidad. La consecuencia inmediata serán tandeos en cuatro de cada diez colonias tapatías: en el cálculo inicial del Gobierno, ninguno de esos barrios se va a quedar sin gota de agua, pero lo que diario caerá será mínimo —un diez por ciento, según el gobernador Pablo Lemus—. Dicho en otras palabras, 42% de la ciudad durante un par de días semanales va a vivir en una sequía por un periodo de medio año.
Lo peor de todo es que esto se veía venir. El sistema que dota de agua a la zona metropolitana, que en menos de dos meses recibirá la edición 40 de la Feria Internacional del Libro, es septuagenario. Y distintos especialistas y no pocos reporteros llevan años sonando la campana que advertía que las inversiones en la potabilización eran insuficientes, que lo que servía estaba dando de sí, y que parte del orgullo de esta tierra, su industrialización, pasaba factura con infectas descargas en Chapala y en otros ríos y vasos que surten del líquido.
Tan no es una sorpresa que en la campaña del 2024 el hoy gobernador prometió que haría obras para tener agua en suficiente cantidad y de buena calidad. Para que no haya agua color tamarindo, llegó a decir Lemus. Dos años después, lo del color tamarindo es lo de menos, las tuberías son un foco de infección sanitaria tan grotesco como inverosímil: cuando no hay agua, quieres que llegue, en cambio, cuando lo que llega es propio de un albañal, quieres ser tú el que sale de la casa, pero ¿a dónde ir si los restaurantes y cafés se surten del mismo sistema que tu casa?
Hay algo en el ambiente de estos días en Guadalajara que recuerda los inicios de la pandemia en 2020. Desde principios de este año fuimos sabiendo de familias, lo mismo de la otrora señorial colonia Providencia que de la aspiracionista colonia Americana, que tuvieron que gastar en filtros para varias tuberías porque el agua recibida podría llamarse como fuera, menos potable: ni incolora, ni inodora y de probarla para comprobar que no sabía a nada, ni hablar. Personas de la tercera edad que gastan cientos de pesos al mes en cambiar filtros, madres que bañan a sus hijos con agua de garrafón. Leímos y oímos sus historias como si fueran de otro país. Nadie atendió esas quejas hasta que fue demasiado tarde.
El agua se fue convirtiendo estos meses en Jalisco en eso que las y los mexicanos aprendieron décadas atrás sobre la seguridad. En contradicción total del propósito que le dio origen, si el Estado no te da protección frente a delincuentes, empiezas por enrejar, o mejor aún, bardear tu predio; luego agregas alambre de púas, o migras de inmediato a las cámaras, y ya de ahí nunca será mala idea poner una alarma. Ahora, si el Gobierno deja de darte agua limpia, será el agosto de los que venden filtros... y de los piperos, y del agua embotellada... Y los que más padecerán son los pobres. Otra vez.
A lo mejor amanecí catastrófico luego de que, tras meses de salvarse de la maldición, en la casa de mis padres comenzó a borbotear un líquido que a metros de distancia se advierte putrefacto. Y después de ver que a unas cuantas cuadras, en esa Guadalajara poco dada a manifestaciones populares, los vecinos salieron de pronto a bloquear la avenida Colón para gritar que no hay presupuesto que alcance para poner filtros que deberán ser renovados cada mes. Si no puede ni distribuir agua potable, entonces ¿de qué sirve el Gobierno?
Cuando por desgracia a México le tocó su turno de ser azotado por primera vez por la covid-19, al menos ya sabíamos, por haber visto la tragedia de países como Italia o de ciudades como Nueva York, que el coronavirus se transmitía básicamente por vía aérea, que el aislamiento ayudaba, que los cubrebocas bien utilizados mitigaban riesgos y que era buena idea conseguirse un concentrador de oxígeno... Pero si luego de que a otros les pasó, a ti te llega agua hecha lodo propia de un retrete, ¿cómo te salvas de eso? ¿Qué cocina aguanta un día sin desbordarse y atraer plagas? ¿Cuántos días puedes pagar garrafones para que todo el aseo corra por cuenta de caros litros embotellados? ¿Cómo limpias la lavadora luego de que inadvertidamente, al hacerla operar, la llenaste de bazofia?
Hay en Jalisco grandes analistas que han explicado la naturaleza del problema, hay suficientes voces que reclaman a exgobernadores y al actual el no haber hecho inversiones que urgían para que no ocurriera esto, para que no llegara el día en que la gente no se puede lavar la cara en su baño. Léanlos y comprenderán el dinero descomunal que hace falta y lo mucho que tomará corregir.
Y si oyen el ruido de los de Morena contra los de MC, y los de Movimiento Ciudadano contra los morenistas e incluso contra los prianistas, está bien, puede ser hasta entretenido. La feria de las acusaciones da para el solaz popular. La única condición debería ser que, en paralelo, ante ese espectáculo politiquero, nadie olvide que hay miles de familias hoy a las que esas promesas de cientos y cientos de millones de pesos a invertir no les resuelven la duda puntual de cómo aseo mañana a los niños, cómo aíslo esta noche a mis adultos mayores del foco de máxima infección que es el agua de Guadalajara.
El ruido político está al máximo. La temporada electoral hará que unos y otros se señalen como el origen del problema. Ríos de tinta del mismo color que parte del agua que se distribuyó el fin de semana correrán con la pugna entre Movimiento Ciudadano y Morena para ver quién se enloda más electoralmente con este fracaso institucional. Mientras eso ocurre, yo me despido de la enfermera de mi padre, que vive no muy lejos de la casa familiar y padece la misma agua puerca, con una frase que nunca había dicho: "Cuídense del agua". Literalmente.



