Columnas - Salvador Camarena

Cuidar a la Guardia Nacional de sus superiores

  • Por: SALVADOR CAMARENA
  • 15 MARZO 2026
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Cuidar a la Guardia Nacional de sus superiores

El cuerpo pagó un costo altísimo por el operativo militar en Tapalpa. Por desgracia, nadie puede descartar nuevas represalias de la organización del Mencho o de otro.

Al arrancar la segunda década del siglo, Genaro García Luna quería cuerpos policiales estatales que suplieran a las policías municipales. Fue uno de los intentos en el Gobierno de Felipe Calderón por apaciguar esa guerra que, iniciada por él en 2006, lo desbordaba.

García Luna pretendía complementar así, desde los Estados, a la Policía Federal. Entonces, como ahora, las policías de los municipios estaban, en general, mal capacitadas. Sus elementos carecían del perfil idóneo, tenían salarios de hambre y eran cooptadas fácilmente.

Uno de los que se opuso a la propuesta del secretario de Seguridad en el segundo sexenio panista fue el priista Aristóteles Sandoval, por aquel tiempo alcalde de Guadalajara y vocero de los ediles, y quien, a partir de 2012, sería gobernador de Jalisco.

Tres lustros después, García Luna está preso en Estados Unidos por narcotráfico y corrupción, Aristóteles Sandoval está enterrado en el mismo panteón en el que está quien es visto como el autor intelectual de su asesinato en 2020, Nemesio Oseguera Cervantes, y México honra a uniformados muertos tras la operación militar en la que cayó el líder y fundador del Cartel Jalisco Nueva Generación.

Los 25 elementos de la Guardia Nacional muertos el 22 de febrero tras el operativo en contra del Mencho, sumados a los tres miembros del Ejército caídos esa mañana en Tapalpa, han suscitado inéditas muestras de solidaridad en un país que se pregunta si por fin tiene un cuerpo de seguridad pública como el que ha añorado por décadas.

La cuestión no es trivial. En su relación con las fuerzas del orden, México está acostumbrado al desencanto, a la mueca de amarga ironía que premia suspicacias cuando se exhibe a un agente de tránsito intentando una mordida, a un jefe policial robando o a un general narco.

Para un mexicano de calle, aprender que la desconfianza ante un policía paga siempre resultó fácil.

Cuando mataron al periodista Manuel Buendía en 1984, acabó preso su amigo, el jefe de la Dirección Federal de Seguridad (DFS). Cuando, en febrero de 1985, el narcotraficante Rafael Caro Quintero asesinó a Enrique Camarena, huyó con "charola" (credencial) de la DFS. Y cuando, meses después, en septiembre, tembló en Ciudad de México, los sótanos de la Fiscalía resultaron calabozos de tortura.

Desde entonces, y hasta García Luna, que ingresó por todo lo alto a esa galería de antiejemplos con su sentencia en EE UU en 2024, la policía es un dolor de cabeza, una gran asignatura pendiente a pesar de notables esfuerzos personales a nivel nacional y local.

Fiel a su estilo de borrar el pasado, el obradorismo intentó subsanar el problema creando una corporación que, mientras desperdiciaba lo que intentaron consolidar Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto con la Policía Federal y la Gendarmería, tenía como pie de cría a las fuerzas armadas.

Andrés Manuel López Obrador improvisó una Guardia Nacional que, a pesar de las críticas de expertos y opositores, nació pensada como una falange del Ejército. Hoy, sus más de 120.000 elementos están desplegados en todo el territorio y el 22 de febrero padecieron un bautizo de sangre.

Cuando, al amanecer de ese domingo, el Ejército se lanzó en el serrano pueblo de Tapalpa a detener a Nemesio Oseguera, la respuesta del Cartel Jalisco Nueva Generación fue ofrecer unos 1.000 dólares por cada elemento federal asesinado. Al reportar los hechos y dar cuenta de los 25 decesos en la Guardia Nacional y los tres en el Ejército, al general secretario, Ricardo Trevilla, se le quebró la voz.

En los siguientes días se multiplicaron los llamados a honrar la memoria de los elementos que fueron masacrados por los criminales en represalia por el descabezamiento del CJNG. Y esta semana, en ceremonia privada, la presidenta, Claudia Sheinbaum, los homenajeó.

La Guardia Nacional está lejos de ser perfecta. Su consolidación en estos años no ha ocurrido sin escándalos. 

Hay un puñado de recomendaciones de la Comisión Nacional de Derechos Humanos en contra de elementos de la GN por delitos graves como tortura, asesinato y desaparición forzada. Además, se han publicado denuncias periodísticas por casos de violación, huachicol y hasta por facilitar la huida de delincuentes.

La promesa hecha desde Palacio Nacional de que la Guardia Nacional sería un cuerpo incorruptible y profesional ha servido, por el contrario, para escalar en las mañaneras algunas de esas denuncias por graves actos en que algunos de sus miembros han incurrido.

En todo caso, la de la Guardia Nacional es una reputación que aún no se consolida. La GN ha de recuperar el tiempo perdido por la política de abrazos y no balazos del sexenio anterior, cuando eran vistos como uniformados que cuando mucho se dedicaban a patrullar.

Lo anterior terminó el 22 de febrero. La Guardia Nacional pagó un costo altísimo por el operativo militar en Tapalpa y por desgracia nadie puede descartar nuevas represalias del grupo del Mencho, o de otro, en este sexenio donde se les combate decididamente.


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