El poder de la impunidad: lecciones del caso Epstein

Durante años se salió con la suya. Evadió consecuencias, cultivó amistades estratégicas y construyó una red de relaciones con algunas de las personas más influyentes del mundo. Murió en prisión en 2019, en lo que las autoridades calificaron como suicidio, aunque su muerte generó una fuerte controversia pública.
Aún en 2026, nada relacionado con él genera indiferencia. Difícilmente pasa un día sin que la prensa estadounidense publique alguna noticia que lo mencione, generalmente vinculada con impunidad, poder y abuso. Por supuesto, me refiero a Jeffrey Epstein.
El origen de su fortuna ha sido descrito por diversas investigaciones como opaco y asociado a prácticas engañosas y estructuras financieras cuestionables [1]. Al mismo tiempo, Epstein se relacionó con algunas de las personas más poderosas del planeta, cuyos nombres siguen apareciendo en investigaciones o testimonios vinculados con el tráfico y abuso sexual de menores ocurrido durante al menos dos décadas. Las consecuencias han sido visibles: figuras públicas que han renunciado a sus cargos o, como en el caso del príncipe Andrés de Inglaterra, la pérdida de títulos y privilegios.
La pregunta persiste: ¿cómo fue posible que durante tantos años operara con tal grado de impunidad?
Pedofilia y pederastia, precisión conceptual
Los pedófilos son personas que sienten una atracción erótica persistente hacia niñas y/o niños. La pederastia, en cambio, se refiere al abuso sexual cometido contra menores. Aunque en el lenguaje cotidiano ambos términos suelen confundirse, no significan lo mismo: la pedofilia es un término clínico, mientras que la pederastia es un delito. En este contexto también se utiliza el término depredador sexual para describir a quienes, de manera reiterada o sistemática, buscan, manipulan o explotan a víctimas vulnerables con fines sexuales.
Esta distinción es importante porque no todas las personas con pedofilia cometen abuso, ni todos los agresores sexuales de menores cumplen con los criterios clínicos de pedofilia. Diversos estudios en criminología señalan que entre el 40% y el 60% de quienes abusan de menores no presentan una preferencia sexual primaria por niños, sino que actúan por factores como oportunidad, abuso de poder o patrones más amplios de violencia sexual. En otras palabras, la pedofilia describe una atracción; la pederastia describe una conducta, mientras que el término depredador sexual alude al patrón de explotación y victimización que algunos agresores desarrollan.
Epstein -claramente un depredador sexual- no solo cometió abuso contra menores, delito por el cual fue condenado, sino que fue acusado de organizar un sistema de explotación sexual con características de red. Él evitó enfrentar plenamente a la justicia debido a su muerte, no así su colaboradora más cercana, Ghislaine Maxwell, quien actualmente cumple una sentencia de 20 años por tráfico sexual de menores.
La arquitectura del poder: 20 años de impunidad
Jessie H. O´Neill en "The Golden Ghetto: The Psychology of Affluence", describe cómo los entornos de riqueza extrema pueden generar una burbuja psicológica donde los límites se difuminan y las consecuencias parecen negociables. Cuando la cultura del privilegio se combina con poder político, redes de influencia y acceso irrestricto, la rendición de cuentas puede volverse opcional. Ese parece ser el caso de Epstein; sus redes de influencia lo protegieron durante años.
Esto podría ayudar a explicar por qué distintas figuras del entorno de Epstein se involucraron de diversas maneras. Algunas participaron directamente. Otras se beneficiaron del acceso, la cercanía o las oportunidades que ese círculo ofrecía.
Por otro lado, Philip Zimbardo, en "The Lucifer Effect", sostiene que el poder y las estructuras que lo rodean pueden distorsionar los límites morales y facilitar conductas abusivas. Personas aparentemente ordinarias pueden cometer actos crueles cuando se insertan en sistemas que legitiman, normalizan o incluso recompensan ese comportamiento.



