Entregar facultades absolutas a quien no se conoce fue una imprudencia
Morena nació y se abrió paso a la vida pública con la marca de nacimiento de la desconfianza electoral. Morena es hija del fraude. Retoño de los agravios de 1988, de la elección de Tabasco de 1994 que entronó a Roberto Madrazo y de la herida todavía abierta de la elección del 2006. El obradorismo hizo de la exigencia de un árbitro confiable una de sus banderas.
Su diagnóstico era preciso y era correcto. La concentración de poder, los conflictos de interés, los privilegios y la falta de controles habían erosionado la confianza en la autoridad electoral. Pensar, por poner un ejemplo, en Lorenzo Córdova, que durante nueve años—nueve años— al frente del Instituto Nacional Electoral fue blanco constante de acusaciones. Maniobró con sus amigos para prorrogar su licencia de investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México, violando el límite legal de seis años establecido en el estatuto universitario. La Contraloría y el Órgano Interno de Control del Instituto documentaron irregularidades por más de 400 millones de pesos y sabemos que se pagaron 11,6 millones de pesos por una "Memoria de Gestión Institucional" que jamás se entregó.
Si el mal estaba en el poder concentrado y en perfiles mal elegidos, el remedio era elemental. Si el problema era la discrecionalidad, había que reducirla. Si el descrédito nacía de la conducta de los árbitros, había que buscar perfiles adecuados. Repito. Acotar la discrecionalidad del árbitro e impulsar perfiles adecuados.
Pero no se hizo. No se impulsaron perfiles adecuados. Un acuerdo político transversal en la Cámara de Diputados pudo haber encumbrado a cuadros de trayectoria técnica y honestidad acreditada como Bertha Alcalde. Sin embargo, la intransigencia parlamentaria de la oposición, empeñada en vetar todo entendimiento, cerró la puerta a la negociación y forzó la activación del mecanismo constitucional de la tómbola. Al rehuir del consenso, la suerte colocó en la presidencia a Guadalupe Taddei Zavala, figura a quien el propio presidente reconoció no conocer en forma personal, a pesar de su despliegue familiar en la esfera pública.
No se acotó la discrecionalidad. Al contrario. La mayoría legislativa de Morena aprobó reformas a la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales para regalarle a Taddei, a la desconocida Taddei, superfacultades unipersonales.
Recuérdese la advertencia de Obrador: el poder atonta a los inteligentes y a los tontos los vuelve locos. Entregar facultades absolutas a alguien a quién no se conoce fue una imprudencia de la que hoy el Instituto cosecha frutos. Permítaseme decir con toda claridad que de aquellos duales errores nació Taddei como criatura de Morena.
La presidencia del Instituto quedó envuelta en señalamientos de corrupción al salir a la luz o, mejor dicho, a la sombra, licitaciones públicas dudosas y vínculos inadmisibles con proveedores investigados.
En la mitología griega, Apolo concedió a Casandra el don de la profecía. Pero, al ser rechazado le escupió en la boca, y la condenó a decir la verdad sin que nadie le creyera. Guadalupe Taddei quedó atrapada en esa mítica tragedia. Cercada por acusaciones de corrupción y conflictos de interés, cualquier discurso de Taddei en que mencionara la autonomía del Instituto resultaba una burla para la ciudadanía.
Por ello, en medio de un merecido linchamiento público—habrá que preguntarse quien lo originó o quien lo alimenta—, Taddei presentará el día de hoy su renuncia formal ante la Cámara de Diputados.
La dimisión pondrá en marcha un mecanismo de relevos. El Consejo General deberá designar una presidencia provisional de entre las 10 consejerías restantes. Pero la decisión de fondo regresará a la Cámara de Diputados, encargada de elegir a quien concluya el periodo hasta 2032.
Los diputados tendrán ante sí la posibilidad de construir una mayoría de dos terceras partes alrededor de un perfil de honorabilidad incuestionable y no dotar a la nueva presidencia de facultades sin límites.
Morena tendrá una nueva oportunidad de recordar su sucesión de errores y no repetirlos.



