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Un Gobierno sin límite ni agobio

Un Gobierno sin límite ni agobio

Actualizado: 18 de Octubre, 2026, 09:40 AM

Tener un plazo sexenal, así fuera con poderes cuasimonárquicos, hacía que todo presidente priista no despreciara el temor al juicio de su tiempo 


Cualquier proyecto tiene tres condiciones fijas. Su objetivo define un alcance, que está mediado por recursos disponibles y un plazo predeterminado. Los proyectos presidenciales de México solían tener un ciclo más que fijo, mítico. El sexenio. Lo que se propusiera la persona titular del Ejecutivo estaba marcado por ese fatal horizonte, y un tanto por los recursos. Eso se rompió con Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum.

Contaba un gobernador a mediados del sexenio pasado que un grupo de empresarios estaba listo para invertir. El plan era ambicioso y su derrama económica una gran noticia para el futuro de una región del Pacífico. Pidieron al mandatario estatal que les ayudara a plantear el esquema a López Obrador. Enterado del asunto, este lo desechó al saber una sola cosa: él no lo inauguraría.

El expresidente concibió una serie de obras sexenales para dar forma a mitos nacionales. Que vuelvan los trenes, símbolo de la modernidad de antaño (cuasi porfirista, pero ese es otro tema) desmantelado por el neoliberalismo; tengamos una enorme refinería en mi agua así sea más rentable comprar otras en Texas; rescatemos Mexicana de Aviación y de una vez le ponemos un aeropuerto nuevo, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles.

Desde luego, la refinería Dos Bocas no opera aún, dos años después de que terminara el periodo de López Obrador, a su capacidad ideal, y todas y cada una de las mencionadas obras, o decisiones en el caso de la aerolínea, están muy lejos de ser rentables, si es que alguna vez lo serán. Pero el proyecto no era que resultaran negocio, el proyecto de López Obrador era crear o rescatar, en su sexenio, símbolos.

Para ello, el expresidente se gastó mucho más de los recursos programados; y es conceder bastante, a favor del argumento de esta columna, el que se terminara el sexenal plazo predeterminado. Pero cerró su Gobierno dando por entregadas esas obras. En términos de proyecto, el alcance del mismo —la ilusión de que rescató trenes, la industria energética y construyó una gran terminal aérea—, un éxito.

El truco estribó en algo que sabía López Obrador que sus predecesores no. El tabasqueño tenía claro que la sucesión pasaba por romper la rigidez del sexenio, por no ver en el ciclo para el que cada presidente es elegido un límite, camisa de fuerza o fecha perentoria contra la cual medirse. Sería el primer expresidente con multimodal vigencia en el siguiente periodo, y con un poco de suerte en otros más.

Las consecuencias de eso las enfrenta, nunca mejor dicho, la presidenta Sheinbaum. A López Obrador no le importó desenchufar el sistema de abastecimiento de medicinas y equipos del sector salud porque, en última instancia, no temía un juicio sexenal. Nada más lejano al Peje que José López Portillo en el atril el primero de septiembre de 1982, llorando disculpas por lo que no pudo cumplir.

El desabastecimiento de insumos médicos es una de las patas de la rebeldía de los trabajadores del Instituto Mexicano del Seguro Social. Las otras dos son el rechazo a una oferta de aumento salarial raquítica y la preocupación de estos sindicalizados del IMSS por las pensiones de quienes tendrán peores condiciones que las de antaño. El cóctel es explosivo, aunque la presidenta trate de minimizarlo, y heredado.

Las y los médicos del sector público han dejado patente su hartazgo por ser el hilo más delgado, ante los pacientes y sus familias, de la pauperización de la salud que brinda el Estado. Han de comprar los insumos más elementales, dar explicaciones que no les corresponden por no tener a la mano el instrumental básico y, desde luego, soportar cargas excesivas de trabajo y carencia de medicinas.

Así como a López Obrador le importaba que sus obras visibles se acabaran antes de que se refugiara en Palenque, para lo que al final del sexenio se asumió capataz que desde un helicóptero revisaba el avance del Tren Maya, por ejemplo, no le importó en cambio el desastre del desabastecimiento médico porque era menos visible, sus denunciantes poco poderosos y, cuando hubo ruido, hasta despilfarró en una farmaciota.

Ocho años después del desabasto médico, el argumento de los obradoristas es precisamente ese. Que solo han pasado ocho años. Que todo lo que intentan es meritorio porque la "corrupción de haber entregado a los privados lo público" no podía mantenerse por el hecho mismo de que no está bien, argumentan en una especie de razonamiento que se prueba solo, tener privados en lo público. Otra vez, no se miden en sexenios, sino en un tiempo indefinido.

Quitarle el plazo sexenal a un Gobierno mete a México en una dinámica inédita. Para aquellos que gustan de pensar que estamos ante un maximato, habría que recordar que Calles no tuvo nunca después de él a un presidente mangoneado por un periodo de seis años, dado que el general Cárdenas, que se sacudió esa tutela, fue precisamente el primer mandatario con ese tiempo gubernamental.

Y si López Obrador reinstaló esto de decidir proyectos sin tener en cuenta los recursos, y mucho menos el plazo —privilegiando solo el alcance—, la presidenta Sheinbaum parece haber transitado de un modelo de gestión que procuraba corregir lo que heredó acotándose a su sexenio, a una suerte de emulación de su predecesor al decidir las políticas públicas. La presidenta actúa como quien no tiene plazo.

Quizá es algo que hoy dé paz mental a la titular del Ejecutivo. Saber que el tiradero que recibió no tiene por qué corregirlo en "solo seis años"; que era humanamente imposible resolver todo lo descompuesto en un periodo sexenal en el que encima va para su tercer año sin dinero, ese otro gran componente de todo proyecto. Que su Gobierno es, más que continuidad, extensión, y que su trabajo más importante será, precisamente, entregar al que viene algo medianamente funcional a fin de que no le culpen de no haber mejorado lo de López Obrador, y mucho menos de haberlo empeorado; pero que si no lo resuelve del todo en su sexenio, qué de malo tiene, pues los morenistas "apenas" llevarían en el poder 12 años.

Los proyectos sexenales dejaron de existir. La presidenta decidió dar continuidad a la mal llamada reforma judicial (le falta otro tramo de la misma) y asumir todo lo malo del tiempo de su antecesor, incluida —y no es nada menor porque cuando en un proyecto se habla de recursos, incluye recursos humanos— una caterva de colaboradores, familiares incluidos, del expresidente intocables para ella.

Tener un plazo sexenal, así fuera con poderes cuasimonárquicos, hacía que todo presidente priista no despreciara el temor al juicio de su tiempo. Al descartar esa limitante, López Obrador se aseguró impunidad. ¿Quién en el actual gabinete va a salir a decirles a las y los médicos que sus quejas por falta de insumos son justificadas cuando precisamente eso equivaldría a culpar al antecesor?: un pecado mortal.

La presidenta administra las crisis aliviada de que, si resulta lo que tienen planeado para mantenerse en el Gobierno bastantes años más, no tendría que preocuparse por rendir cuentas al final de su sexenio. Todo lo que está haciendo es tanto para su antecesor como para la posteridad, no para el corto plazo, ni para el juicio actual. Lo que no acabe ella, será obligado para el o la morenista siguiente.

No hay que ser muy perspicaz para advertir que incluso gente con formación académica, puesta al frente de un proyecto, podría incurrir en exceso de confianza al saber que este no depende de un plazo obligado para los entregables. Menos si además puede alegar que tuvo que deshacer entuertos en medio de malabares por la falta de recursos económicos e imposibilitada de rotar personal y correr a los ineptos.

La presidenta no tiene agobio sexenal. Quien venga después quizá tampoco.