Érase una vez Ana María Matute
Se celebra el centenario de una de las voces más particulares y brillantes de la narrativa española en el siglo XX. Ni su carrera ni su vida se ajustan al papel que tenían las mujeres en la España de su tiempo. Fabuladora nata, sus libros están marcados por un realismo despiadado y por la fantasía.
Ana María Matute en la cervecería Heidelberg de Barcelona en 1950.
En la Barcelona de posguerra una muchacha adolescente se armó de valor y decidió acudir a la editorial Destino para llevar en persona, en un cuaderno manuscrito con cubiertas de hule negro, una novela. Acudió varios días, sobreponiéndose a su timidez, antes de lograr una reunión con el director del sello, quien, pacientemente y cabe imaginar que con notable paternalismo, la informó de que debía pasarlo a máquina antes de presentarlo. Así lo hizo y se lo llevó. Al editor le gustó la narración y le hizo un contrato que firmó su padre. Empezó entonces a publicar sus cuentos en la revista del sello, antes de que la novela del cuaderno de hule, Pequeño teatro, llegara a las librerías unos cuantos años más tarde: de hecho, fue la segunda que le publicaron y con ella obtuvo el premio Planeta. Este podría ser el érase una vez con el que arrancar la historia de una las escritoras más extraordinarias del siglo XX en España, solo que Ana María Matute (1925-2014) tuvo varios principios, con una carrera y una vida que no acaban de ajustarse a un bien delimitado esquema de planteamiento-nudo-desenlace, ni tampoco al papel que aquella España franquista tenía reservado a las mujeres.
Fue una creadora total, una fabuladora con un vasto mundo propio que volcó en cuentos y novelas ampliamente reconocidas. Cuando se alejó, con un parón editorial casi total que duró cerca de 20 años, llevó ese universo a las maquetas, "los pueblos" y castillos, o a las alhajas que construía con chapas, botellas y demás desechos; también a los dibujos e ilustraciones o a los locos banquetes que preparaba en su cocina de Sitges. Matute, con enorme libertad, inventaba y creaba sin remedio porque esa era su manera de ser y de estar. Su forma de entender y habitar el mundo.
"Es una gran escritora, dura como el más duro, creo que la mejor en España en el siglo XX por su profundidad y dominio de la lengua. Vivió la Guerra Civil de niña y eso fue muy importante, como para toda su generación. No lo tuvo fácil, era mujer y además con una vida rocambolesca", afirma la escritora Milena Busquets. Ella la conoció desde niña, ya que Matute era una gran amiga de su madre, la editora Esther Tusquets, y por extensión de la familia, y mantuvieron un trato muy cercano. "Independiente, divertida, valiente, desinteresada. Todos los autores de su generación respetaban mucho su escritura y en lo personal era muy entrañable. Con 19 años entró de pleno en el círculo de los escritores y de la bohemia, un mundo canalla, bebedor y juerguista. Lo contaba con mucha gracia. Rechazaba de plano que hubiera una literatura de mujeres, decía que había libros buenos y malos".
Matute, hija del dueño de una fábrica de paraguas, creció entre Barcelona y Madrid, pasó un año en Mansilla de la Sierra, el pueblo de su familia materna en La Rioja, algo que acercó su sensibilidad al mundo rural y a la naturaleza. Su tartamudez, según contaba, la volvió diferente. Escribió novelas en su infancia y obras para el guiñol. Y cuando las bombas caían en plena Guerra Civil y sacudían su hogar acomodado, en el que en cualquier caso ella siempre se sintió algo extraña, dejó de tartamudear y sacó su primera revista con cuentos y artículos, escrita y diseñada por ella misma para disfrute de sus primos y hermanos.
La ficción fue siempre el refugio y también el espejo distorsionado que le permitía sobreponerse a la realidad y retratarla. Realismo y fantasía. Cuentos nunca exentos de la crueldad y dureza que tiene la vida, porque los relatos edulcorados o moralizantes estuvieron radicalmente alejados de su literatura. Algo parecido ocurre con esa imagen de beatífica anciana de sus últimos años, un espejismo que opaca su inteligencia afilada y una visión cruda del mundo.
"Nací cuando mis padres ya no se querían", es el arranque de Paraíso inhabitado, su último libro publicado en vida, al que vuelve Malcolm Otero Barral al teléfono para hablar de la fuerza de la escritura de Matute hasta su último aliento. La conoció de niño con su abuelo, Carlos Barral, en Calafell, como parte de ese grupo en el que también estaban Jaime Gil de Biedma y Juan Marsé, y la trató muchos años después cuando trabajaba como editor en Destino. "Era muy tímida pero una gran contadora de anécdotas. Te gustaba estar con ella. Era, en el sentido machadiano, una buena persona", señala, y subraya que es una autora absolutamente reivindicable por jóvenes escritores que aún no la han descubierto en toda su dimensión. "Sus primeros libros tienen una ingenuidad imperfecta que es muy, muy buena".
Si en los cuentos hay lobos que comen a los niños y madrastras malvadas, hechizos e injustas maldiciones, es porque en el mundo real también los hay. Es solo otro código con el que retratar las injusticias y males. Matute aplicaba este prisma también para hablar de su vida. Se refería a "el malo", su primer marido —el escritor Ramón Eugenio Goicoechea— y padre de su único hijo, que llegó a empeñar el carrito del bebé, como él mismo contó en sus memorias, y luego la máquina de escribir con la que ella trabajaba y sostenía la economía familiar cuando vivían en Mallorca. Matute y su hijo encontraron refugio en casa de Camilo José Cela y su esposa Charo. Allí conoció a otra pareja de grandes amigos: José Caballero Bonald y su mujer Pepa.
Unos meses después la escritora, ya en Barcelona, se divorciaba de Goicoechea y perdía la custodia de su hijo, a quien solo podía ver los sábados gracias a la complicidad de su suegra. Dos años más tarde consiguió recuperar al niño y marchó a Estados Unidos como lectora de español. "El bueno" era Julio Brocard, su segundo esposo, con quien se instaló en Sitges cuando regresó. Allí vivió años muy felices, y también padeció una depresión, "el vacío", como decía. Brocard falleció el 26 de julio de 1990 de un infarto tras llamar al timbre desde la calle para recogerla e ir a celebrar el cumpleaños de Matute. Un amargo y triste giro.
Otro principio. En la Barcelona postolímpica una legendaria y poderosa agente literaria hace una llamada de teléfono a la gran escritora ya casi olvidada. Un taxi pasará a recogerla a ella y a ese manuscrito que está pendiente de organizar y revisar, ese libro en el que está estancada desde hace años. También, debe preparar algo de ropa de muda. Arranca así lo que Matute llamó "el secuestro". Durante aproximadamente un año trabajó en un despacho en la agencia con una secretaria y vivió en el domicilio de Carmen Balcells en ese mismo edificio, el número 580 de la Diagonal barcelonesa, esquina Casanova.
Cuando el libro estuvo listo hubo otra llamada, esta vez a Cadaqués a casa de la editora de Lumen Esther Tusquets, la gran amiga de Matute y con quien tenía firmado un contrato por esa novela que no terminaba. Al fin, Olvidado Rey Gudú, estaba listo y la agente había logrado una cuantiosa oferta de otro sello. Esther Tusquets, que había arrancado su colección de cuentos con Matute hacía casi tres décadas con El saltamontes verde, y había publicado toda su literatura infantil, dijo "ningún problema" y la liberó del contrato. Lo cuenta por teléfono Maribel Luque de la agencia Balcells, quien también recuerda la comida de celebración cuando Matute dio por concluida la corrección del manuscrito. Luis Palomares Balcells rememora aquel tiempo de secuestro: "La obligó a un orden que la permitió coger un ritmo regular. A las siete, cuando terminaba de escribir, se tomaban un gin tonic. La admiración de mi madre por Matute venía de lejos. Sus libros estaban en casa y a mí me empujaba a leerla. Y ahora que soy abuelo El polizón del Ulises es el libro al que he vuelto".
Olvidado Rey Gudú se convirtió en un superventas y abrió un triunfal segundo acto en la carrera de Ana María Matute. Fue elegida poco después académica de la lengua y ocupó su lugar como clásica de la literatura española contemporánea.
Este 26 de julio se cumple el centenario del nacimiento de la escritora, una efeméride cuya celebración arrancó el otoño pasado con una gran exposición comisariada por María Paz Ortuño en el Instituto Cervantes, y que desde finales de junio y hasta el próximo enero se muestra en un formato más reducido en la Biblioteca Fuster de Barcelona. "Con poco más de 30 años tenía todos los premios a pesar de los recelos que causaba el que fuera mujer. Su voz era distinta", recuerda Ortuño, que la leyó de niña y la conoció a mediados de los noventa gracias a su profesor Francisco Rico.La filóloga, que entabló una buena amistad con la escritora, destaca esa singular forma que Matute tuvo de mezclar géneros. "Su obra es tremendista y muy dura. Sus primeros libros, como Los hijos muertos, muestran un realismo cruel. Por otro lado, la fantasía formó parte de su vida desde que leyó los cuentos de hadas. De ahí el título de la exposición, tomado de una cita suya: quien no inventa no vive", apunta.
Su trabajo como cuentista y el hecho de que por ser mujer muchos la encasillaran como autora infantil, algo que Matute siempre rechazó, jugó de alguna manera en su contra, advierte Ortuño. "Tuvo que hacer frente a muchos prejuicios. Su contacto con la bohemia o su relación con el alcohol era la misma que la que tenían autores hombres, es un tema generacional, pero en ellos esto se ha mirado de otra manera".
Con motivo del centenario la editorial Destino presentó el 6 de enero en la tradicional fiesta del premio Nadal una nueva edición de Primera memoria, la novela con la que obtuvo ese galardón en 1954. "Es una voz femenina muy valiente, con raíz existencialista y muy avanzada. Por ejemplo, su Olvidado Rey Gudú conecta perfectamente con el romantasy de hoy", señala el editor Emili Rosales. Austral también ha recuperado la edición completa de Luciérnagas, el libro con el que quedó finalista al Nadal unos años antes, en 1949, que no pudo publicar hasta seis años después en una versión cercenada por los censores y que finalmente vio la luz en su formato original en los noventa. También a finales de junio salió en Destino la versión completa de Los niños tontos, con dos cuentos que la autora tuvo que quitar del original, de nuevo por problemas con la censura, y que vieron la luz hace tan solo unos años en la revista Ínsula.
Las obras de Matute están todas vivas en el catálogo y hay versiones de audiolibro de 14 de sus títulos con dos más previstos para este año, como explica Rosales desde Destino. Y, sin embargo, hay cierto halo de misterio y desconocimiento de su obra entre un público que no acaba de reivindicarla. "Es una de las grandes figuras de la literatura española, pero también una de las más desconocidas. Resulta curioso: mucha gente la ha leído en la escuela, ha pasado por sus cuentos o por alguna de sus novelas breves, y, sin embargo, muy pocos conocen realmente al personaje. Su vida, sus contradicciones, sus múltiples facetas. Su sentido del humor, su melancolía, su rebeldía. Su obra más adulta, a menudo ignorada. O su inolvidable discurso al ingresar en la Real Academia Española, en el que dijo que escribir le había salvado la vida", escribe el editor Jan Martí de Blackie Books, el sello que en 2022 dedicó un volumen de su colección de antologías a Ana María Matute.
Mezcla de vida y obra, con extractos de escritos, entrevistas, testimonios y fotografías, el libro está construido como un compendio. "Matute juega en varios géneros y tonalidades, y creo que en España no se permite esto tanto como en el mundo anglosajón, por ejemplo, con Roald Dahl", reflexiona Jorge Cascante, responsable de todos los volúmenes de antologías de la colección de Blackie Books y lector de Matute desde la infancia. En ese mundo fantástico del que la escritora se sirvió para hablar de temas duros él reconoce una conexión con el territorio de Región de las novelas de Juan Benet, otro niño de la guerra: "También hay un sistema de leyes distintas, todo un mundo inventado. Los dos autores eran admiradores de Faulkner", subraya, y añade que Matute fue nominada al Nobel en tres ocasiones.

Primera entrega de la revista mensual Shibil, elaborada con historias escritas a mano e ilustraciones en pluma, lápices de colores y acuarelas. Manuscrito original de Ana María Matute. Llegó a realizar 365 páginas de la revista entre mayo de 1937 y diciembre de 1938.