Columnas - Pensándolo bien

El triunfo de los infames

  • Por: JORGE ZEPEDA PATTERSON
  • 09 JULIO 2026
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El triunfo de los infames

Se dice que nadie se hace rico ofreciendo disculpas o pidiendo permiso; más bien lo contrario, la leyes del mercado suelen favorecer a quién se adelanta a los demás sin importar escrúpulos o decencia. Y no existe una mejor muestra de lo anterior que el valor de la fortuna de Elon Musk. No digo que el éxito patrimonial sea proporcional a la dosis de egoísmo o inmoralidad de un millonario, pero a juzgar por las listas de Forbes, es evidente que eso ayuda. Tampoco tendríamos que espantarnos, en el fondo está inscrito en la lógica del capitalismo.

La política tampoco es diferente. Pero al menos durante mucho tiempo pretendimos lo contrario. Se suponía que un político tenía que presumir su probidad, su disposición al sacrificio en aras de los otros, su obsesión por la búsqueda del bien común. Pero de un tiempo a acá eso quedó atrás. Los candidatos ya no tienen que pretender que son buenas personas, más bien lo contrario. Por desgracia el éxito en la vida pública hoy está asociado a otros valores: a la desmesura, a la capacidad de ofender o someter a otros, a la disposición de no detenerse incluso ante la ley o las normas vigentes. La victoria De la Espriella en Colombia confirma que los perfiles anteriormente impresentables se han convertido en la mejor apuesta para las urnas. Ni siquiera sus propios seguidores consideran a Donald Trump, a Netanyahu, a Milei o a Putin como buenas personas. Muchos creen, incluso, que justamente porque no son buenas personas son los líderes que su país necesita.

A propósito del empresario Ricardo Salinas Pliego y sus evidentes intenciones políticas, Viri Ríos escribió en El País que los analistas y o personeros de Morena equivocan la estrategia al atacar dando cuenta de sus defectos, porque terminan dándole más exposición y popularidad. “La idea de que su vulgaridad y naturaleza abusiva lo vuelven un enemigo perfecto también es ingenua. La vulgaridad jamás ha impedido que el electorado mexicano apoye a un candidato. Ahí está Vicente Fox, cuya campaña estuvo plagada de insultos misóginos, clasistas y sexistas…” Más allá de lo que suceda con el alma y fortuna atormentadas de este empresario y sus pretensiones políticas, habría que preguntarnos si esta fascinación que recorre el mundo por figuras que hacen de su patanería, prepotencia y vulgaridad un argumento para ascender el poder llegó para quedarse. ¿Se trata de una “moda”, una expresión del tiempo que hoy vivimos cargado de cinismo y egoísmo? O, por el contrario, ¿estamos condenados a una degradación interminable de la vida pública, a una espiral en caída libre?

No hace tanto Barack Obama conquistó el voto estadounidense apelando a la esperanza de un mundo mejor basado en la solidaridad, en las buenas causas, en códigos éticos dominados por la decencia y el sentido de responsabilidad respecto a la actual y a las siguientes generaciones. No digo que Obama haya representado todo eso (en muchos sentidos fue una desilusión), pero es un hecho que apelaba al voto a partir de estas banderas. Mujica, en Uruguay, las puso en práctica.

La pregunta es si volverán algún día a convertirse, otra vez, en argumentos capaces de atraer el voto de los ciudadanos. No se trata de una cuestión filosófica. Los cuartos de guerra de los partidos en todo el planeta se hacen ascuas al respecto. ¿Deben construir y proyectar imágenes de sus candidatos como hombres y mujeres fuertes, vengadores, dispuestos a todo o pugnar por perfiles personales asociados a la sensibilidad, la prudencia y el sentido de responsabilidad?

Y no solo se trata de un dilema electoral o electorero. Es también un tema que pone en cuestión los criterios tradicionales que regían en materia de liderazgo, legitimidad y /o popularidad de los gobernantes en funciones. Se dirá, con razón, que todo eso (legitimidad, popularidad) de un líder político reside en su capacidad o falta de ella para ofrecer resultados. Pero seamos realistas, el margen de posibilidad de cualquier mandatario, nacional o regional, dista de ser lo que era. A la larga sigue siendo así, el éxito de un gobierno está atado a su capacidad para responder a las necesidades ciudadanas. Pero en lo inmediato mucho de la aceptación o rechazo es producto de la percepción respecto a lo que hace y dice. Es allí donde todo mandatario entiende que su capacidad de liderazgo reside en la proyección de una imagen que le favorezca. El punto es que hoy en día ya no queda claro cuál es esa imagen: ¿rasgos asociados a las banderas que impulsaba Obama (por decirlo de una manera) o embates arrebatados como los que Trump y Milei han puesto de moda? ¿Moderación y sensatez o golpes sobre la mesa, polarización y provocaciones?

Tengo la esperanza de que habrá un momento en que la tendencia volverá a pendular. Que llegará un punto en que opinión pública y votantes se harten de estos jilgueros pendencieros e irresponsables y comiencen a privilegiar a candidatos, palabras y acciones que simplemente remiten a la decencia, a la dignidad, a la solidaridad y a la empatía. Pero para que eso suceda algo tendría que cambiar en todos los que participamos en el espacio público, en las charlas de sobremesa, en las redes sociales. No sucederá mientras sigamos construyendo trincheras en lugar de puentes y creamos que las propias certezas nos eximen de intentar entender al otro.

@jorgezepedap


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