Columnas - Vanessa Romero Rocha

Poder mediático: instrucciones de uso

  • Por: VANESSA ROMERO ROCHA
  • 06 AGOSTO 2026
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Poder mediático: instrucciones de uso

Reciba una felicitación. Usted es el afortunado usufructuario de un bien público que pertenece a la Nación: el espectro radioeléctrico.

La explotación de un bien público le ha permitido generar utilidades multimillonarias, moldear la opinión pública como quien reordena la Pangea y narrar el mundo hasta confundirse con él. Ha sido narrador y actor de reparto.

Me he enterado de que usted no anda bien ante la promesa de un nuevo orden. La Ley en Materia de Telecomunicaciones y Radiodifusión de 2025 y sus lineamientos vienen cantando un odioso estribillo: que todo privilegio entraña una obligación.

Para evitar que caiga en ese despreciable ejercicio de reciprocidad, le sugerimos seguir al pie de la letra este instructivo. Su propósito es preservar intacto su ilimitado poder fáctico y mantenerlo alejado de la obligación de rendir cuentas.

Paso 1: indígnese hiperbólicamente

Ante cualquier ley o lineamiento que le exija un mínimo rigor periodístico —abstenerse de difundir información falsa o descontextualizada, distinguir la noticia de la propaganda o identificar con una discreta cortinilla aquello que es información de lo que pasa de ser opinión—, no cometa la imprudencia de discutir el contenido.

Proclame que el Gobierno se dispone a erigir un tribunal de la censura. No dude en recurrir sin pudor a metáforas grandilocuentes. ¿Qué tan dramático le parece un Ministerio de la Verdad?

No se alarme. Toda falsedad, omisión o descontextualización encontrará abrigo bajo el sagrado manto de la libertad de expresión.

Paso 2: halague a su audiencia

Repita que cada individuo es el mejor juez de su propia causa. Insista en que quien desapruebe un contenido siempre tendrá el derecho de cambiar de estación o apagar el televisor. La eficacia del argumento —no se olvide— consiste en desplazar la discusión: no hablar de las obligaciones de quien explota un bien público sino de las exquisitas preferencias de quien lo consume. Invoque —entre más cabreado, mejor— al Estado autoritario, al Estado censor, al Estado paternalista.

Blandiendo el antipaternalismo con convicción, podrá seguir inundando a su audiencia de la información que le pegue su gana. Reafirme que la audiencia es lo bastante madura para defenderse a sí misma. En ningún momento se atreva a mencionar que nadie puede ser juez de sus propios intereses cuando se le priva de aquello que hace posible juzgar: información suficiente, contextualizada y veraz. Recuerde que ignorar aquello es —para su truco, trampa o argumento— condición indispensable.

Paso 3: desprestigie al regulador mediante el culto a la autonomía

Aproveche que la nueva Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (CRT) ha dejado de ser un órgano autónomo —como lo fue el extinto IFT, que jamás protegió a las audiencias— para convertirse en un órgano desconcentrado adscrito a la Agencia de Transformación Digital. Ese solo dato, repetido con perseverancia, le permitirá sembrar la sospecha de que toda resolución nacerá subordinada al Ejecutivo. La naturaleza jurídica del órgano hará lo que usted no puede hacer con argumentos.

Desdeñe —no se le ocurra mencionarlo— que el artículo 2 de los lineamientos prohíbe cualquier tipo de censura previa. Oculte bajo doble candado el documento en el que consta que las sesiones de la CRT y todas sus resoluciones deberán ser públicas, fundadas y motivadas. Cuídese de revelar que sus decisiones deberán basarse en información técnica, grupos de trabajo y expertos independientes. Menos aún permita que trascienda que los medios tendrán siempre derecho de audiencia, plazos claros para presentar alegatos y pruebas y que las decisiones habrán de tomarse colegiadamente por cinco comisionados.


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